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Un "Padre Nuestro" Diferente


Un "Padre Nuestro" Diferente

Les invito revisar, leer y meditar sobre esta versión del "Padre Nuestro" que deja mucho qué pensar y recapacitar.
Bendiciones a todos.



Hombre:     Padre Nuestro que estás en los cielos…

Dios:   Sí. Aquí estoy…

Hombre:     Por favor... no me interrumpas, ¡estoy orando!

Dios:   ¡Pero tú me llamaste!…

Hombre:     ¿Te llamé? No llamé a nadie. Estoy orando... Padre Nuestro que estás en los cielos...

Dios:   ¡Ah! Eres tú nuevamente…

Hombre:     ¿Cómo?

Dios:   ¡Me llamaste! Dijiste: "Padre Nuestro que estás en los cielos." Estoy aquí.   ¿En qué te puedo ayudar?

Hombre:     Pero no quise decir eso. Estoy orando. Oro el Padre Nuestro todos los días, me siento bien orando así. Es como cumplir con un deber. Y no me siento bien hasta cumplirlo.

Dios:   ¿Pero cómo puedes decir "Padre Nuestro", sin pensar que todos son tus hermanos? Aquí estoy. ¿Qué me vas a pedir? No creas que porque dices, “que estás en los cielos”, estoy lejos de ti. Eso indica mi manera de ser como Dios, mi santidad, mi majestad, mi inaccesibilidad, pero estoy muy cerca de ti y te quiero mucho; te estoy escuchando siempre. Dime, ¿qué me vas a pedir?, ¿qué traes en mente? Dime.

Hombre:     Es que realmente, no había pensado en eso…

Dios:   Pero… Prosigue tu oración.

Hombre:     Santificado sea Tu nombre...

Dios:   ¡Espera ahí! ¿Qué quieres decir con eso?

Hombre:     Pues quiere decir......., quiere decir, ¡yo que sé lo que quiere decir! ¿Por qué tengo que saberlo? Es parte de la oración. Bueno...... dime tú lo que significa.

Dios:   Santificado significa Glorioso, Santo, Maravilloso, Adorado, Digno de recibir respeto.

Hombre:     Ah, eso sí tiene sentido. Nunca había pensado acerca de la palabra santificado antes. "Venga a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo...”

Dios:   ¿Estás hablando en serio?

Hombre:     ¡Claro! ¿Por qué no?

Dios:   ¿Y qué haces tú para que eso suceda?

Hombre:     ¿Que qué voy a hacer?. Nada, supongo. Sólo pensaba que sería estupendo si Tú pudieras controlar todo aquí abajo como controlas todo allí arriba.

Dios:   ¿Tengo control sobre ti? …

Hombre:     Bueno... ¡yo voy a la Iglesia!

Dios:     Eso no es lo que te pregunté. ¿Qué pasa con esos malos deseos que tienes? ¿Y tu mal genio? Y además, mira cómo inviertes tu tiempo y tu dinero: siempre sobre ti mismo. Y... ¡hay que ver la clase de libros que lees y la programación de Televisión que miras!

Hombre:     Oye, déjame en paz, ¿quieres? Soy tan bueno como el resto de aquellos hipócritas que se reúnen en la iglesia.

Dios: Está bien hijo. Yo creía que estabas orando para que mi voluntad fuese hecha. Porque si esto ha de suceder, tiene que comenzar con aquellos que oran por ello. Tú, por ejemplo.

Hombre: Bueno..... Reconozco que sí tengo unos problemas. Ahora que me lo dices, probablemente podría nombrar algunos otros.

Dios: Yo también.

Hombre: No he pensado sobre ello mucho últimamente, pero de veras me gustaría acabar con alguna de esas cosas. Quisiera ser mejor, ser realmente libre. Nunca acepto tu voluntad, pues reclamo de todo: Si mandas lluvia, pido sol.. si mandas sol, me quejo del calor, si mandas frío, continúo reclamando, pido salud, pero no cuido de ella …

Dios: ¡Estupendo! Ahora ya vamos progresando. Vamos a trabajar juntos tu y yo. Vamos a tener victorias verdaderas. Me está gustando mucho tu nueva actitud.

Hombre: Mira Señor, yo tengo que terminar. Esto me está llevando más tiempo de lo normal. “Danos hoy nuestro pan cotidiano...”

Dios: ¡Detente! Tienes que eliminar tanto pan y dejar de abusar de la comida, para cuidar más tu cuerpo. Yo deseo tu salud. ¿Me estás pidiendo sólo pan material? No sólo de pan vive el Hombre sino también de mi Palabra. Cuando Me pidas el pan, acuérdate de aquellos que no tienen pan.

Hombre: ¡Un momento por favor! ¿Qué clase de día es éste, el de “critícame hoy”? Aquí estoy, cumpliendo mis deberes contigo, y de repente irrumpes en todo y me recuerdas mis problemas.

Dios: Orar es peligroso, ¿no sabes?. Podrías terminar siendo una persona transformada, esto es lo que estoy tratando de decirte. Me llamaste y aquí estoy, sigue orando, tengo mucho interés en la próxima parte de tu oración... (Silencio)… ¿No vas a seguir?

Hombre: Tengo miedo.

Dios: ¿Miedo? ¿De qué?

Hombre: Porque se lo que vas a decirme.

Dios: A ver, inténtalo.

Hombre:     “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestro deudores....”

Dios:   ¿Qué pasa con Eduardo entonces?

Hombre:     ¿Ves? ¡Sabía que dirías eso! ¡Sabía que me hablarías de él! Mira Señor, ha dicho mentiras acerca de mí, me ha robado dinero y no me paga la deuda que me debe. ¡Le voy a pagar con la misma moneda!

Dios: Pero... ¿tu oración? ¿Qué pasa con tu oración?

Hombre: No lo dije en serio.

Dios: Por lo menos eres sincero. Pero no debe ser nada agradable ir llevando por todas partes esa carga de amargura en tu interior, ¿verdad?

Hombre: No. Pero me sentiré mejor cuando me las pague todas. ¡Vaya planes que tengo para Eduardo! Terminará deseando no haberme conocido.

Dios: No te sentirás nada mejor, sino peor. La venganza nunca es dulce. Piensa cuán amargado estás ahora. Pero yo puedo cambiar todo eso.

Hombre: ¿Tú puedes? ¿Cómo?

Dios: Perdona a Eduardo. Entonces te perdonaré yo a ti. Puede que pierdas el dinero, pero tu corazón habrá encontrado la paz.

Hombre: Pero Señor, yo no puedo perdonar a Eduardo.

Dios: Entonces no puedo perdonarte yo a ti tampoco.

Hombre: Bueno.....tienes razón. Siempre tienes razón. Y aunque quisiera vengarme de Eduardo, prefiero estar bien contigo. Bien..., bien....., pues le perdono. Ayúdale a encontrar el camino verdadero en la vida Señor. Ahora que lo pienso debe encontrarse bastante angustiado porque cualquiera que vaya por la vida haciendo las cosas que él hace a otros tiene que estar muy confuso en su interior. De alguna manera, Señor, enséñale el camino verdadero.

Dios: ¿Ves? ¡Maravilloso! ¿Cómo te sientes ahora?

Hombre: Pues.......mejor; mucho mejor, es decir... ¡tremendo! ¿Sabes?, creo que no tendré que ir a la cama esta noche con las tensiones de siempre. Quizá no estaré tan cansado desde ahora en adelante porque no podía descansar antes.

Dios: No has terminado tu oración. Sigue.

Hombre: Bueno, ok. “Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal”.

Dios: ¡Muy bien! Haré eso exactamente. Pero tú ten cuidado de no meterte en ningún lugar donde se te pueda tentar.

Hombre: ¿Qué quieres decir con eso?

Dios: Cambia alguna de tus amistades; algunos de tus mal llamados amigos, te están enredando, y si sigues con ellos te llevarán a hacer cosas malas. No te dejes engatusar. Dicen que se divierten, pero para ti sería la ruina. No me uses a mí como una puerta de escape.

Hombre: No te entiendo.

Dios: Si que me entiendes, lo has hecho muchas veces; te dejas atrapar en una situación y luego vienes corriendo a mí: "Señor, ayúdame a salir de esta y te prometo que no lo haré jamás. ¿Te acuerdas de algunas de esas "transacciones" que querías hacer conmigo?

Hombre: Sí, Señor, y estoy avergonzado.

Dios: ¿De cuál de esas cosas te estás acordando?

Hombre: De cuando la vecina me vio salir de la cantina; yo había dicho a mi madre que me iba a la tienda, me acuerdo de haberte dicho: "Oh Dios, no dejes que ella diga a mi madre donde he estado; prometo estar en el culto cada sábado".

Dios: Bueno, ella no dijo nada a tu madre, pero no cumpliste tu promesa.

Hombre: Lo siento Señor, de veras lo siento. Hasta ahora yo creía que sólo era suficiente decir mis oraciones y que entonces yo podría hacer lo que quisiera. No esperaba que me contestaras de ese modo.

Dios: Termina tu oración.

Hombre: Porque tuyo es el Reino y el poder y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

Dios: ¿Sabes lo que me glorifica a mí? ¿Lo que me haría realmente feliz?

Dios: Pues sí, lo has hecho. Lo que realmente me glorifica, es que personas como tú me amen y me sigan de verdad, me adoren en espíritu y en verdad. Y veo que es eso lo que está pasando entre nosotros. Ahora que algunos de aquellos viejos pecados han sido puestos al descubierto y quitados de en medio..... ¡Vaya, nadie sabe cuánto podríamos hacer juntos tu y yo!

Hombre: Señor, vamos a ver lo que puedes hacer por mí, esta vez si voy a obedecer tu Palabra. Gracias por habernos dejado este modelo de oración, y por recordarme que es mucho más que una simple repetición, a la que tengo que prestar atención, pues lo que dice, ha de ser meditado y obedecido.



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GRACIAS, Bendiciones

Los Diez Mandamientos y sus Relaciones


En la Biblia (escritura sagrada de judíos, cristianos, y referencia del islam) el profeta Moisés (aprox. 1250 a. C.) recibió directamente de manos del dios Yahveh, “escritas con su dedo”, una lista de órdenes o mandamientos que los israelitas debían respetar: los Diez Mandamientos. El nombre decálogo, con que suelen designarse, procede de la fórmula griega δεκάλογος (dekalogos: ‘diez palabras’) con que se citan en la Septuaginta, la versión griega tradicional de la Biblia, tanto en el Éxodo 34:28, como en el Deuteronomio 10:4.
De acuerdo con dichas escrituras, Moisés subió al Monte Sinaí y permaneció en su cima cuarenta días y cuarenta noches, al cabo de los cuales le dio Dios escritos en dos tablas de piedra los Diez Mandamientos. Cuando bajaba del monte, vio al pueblo que estaba adorando un becerro de oro y enfurecido las rompió. Posteriormente, pidió a Dios que perdonase al pueblo y sellase con él un «convenio» (pacto o alianza). Entonces, el Señor ordenó a Moisés que tomara dos lajas de piedra, y en ellas quedaron escritos los Diez Mandamientos del pacto, reconviniéndole que “no deben tolerar la desobediencia”.
Los Diez Mandamientos son una expresión de la ley natural, con la excepción del primero y el tercero.  Algunas partes del Decálogo se encuentran en las leyes de otras religiones antiguas. Sin embargo los Diez Mandamientos superan a los otros códigos morales de la antigüedad por su monoteísmo explícito, su doctrina sobre la grandeza y bondad de Dios y por las obligaciones morales que se extienden hasta los deseos íntimos del corazón.

Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios son el fundamento irreversible de la moral y estos son:
  • Amarás a Dios sobre todas las cosas.
  • No tomarás el Nombre de Dios en vano.
  • No harás imágenes, ni las adorarás.
  • Santificarás las fiestas.
  • Honrarás a tu padre y a tu madre.
  • No matarás.
  • No cometerás actos impuros (adulterio).
  • No robarás.
  • No dirás falso testimonio ni mentirás.
  • No codiciarás los bienes ajenos.


En la religión judía, en la Torá, los Diez Mandamientos están divididos del siguiente modo:
Dios dijo todas estas palabras:
  • "Yo soy el Eterno, tu Dios, quien te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud".
  • "No tendrás ni reconocerás a otros dioses en mi presencia fuera de mí. No te harás una imagen tallada ni ninguna semejanza de aquello que está arriba en los cielos ni abajo en la tierra ni en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos ni los adorarás, pues yo soy el Eterno, tu Dios, el único Dios, quien tiene presente el pecado de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación con mis enemigos; pero quien muestra benevolencia con miles de generaciones a aquellos que me aman y observan mis preceptos".
  • "No tomarás para jurar en el nombre del Eterno, tu Dios, en vano, pues el Eterno no absolverá a nadie que tome su nombre en vano".
  • "Recuerda el día de shabat, para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu labor; mas el séptimo día es shabat para el Eterno, tu Dios; no harás ninguna labor, tú, tu hijo, tu hija, tu esclavo, tu sirvienta, tu animal y tu converso dentro de tus puertas, pues en seis días el Eterno hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y descansó el séptimo día. Por eso, el Eterno bendijo el día de shabat y lo santificó".
  • "Honra a tu padre y tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Eterno, tu Dios, te da".
  • "No asesinarás al inocente".
  • "No cometerás adulterio".
  • "No robarás".
  • "No levantarás falsos testimonios sobre tu prójimo".
  • "No codiciarás los bienes ajenos".


Relación con el Árbol de la Vida, los Pecados Capitales, Sacramentos y los Chakras:

A su vez, como hemos vistos en los artículos anteriores, los Diez Mandamientos también se relacionan con los Sacramentos, los Chakras, las Sefiroth del Árbol de la Vida, la Astrología y los Pecados Capitales, como señala la tabla siguiente:







¿Qué son los Siete Pecados Capitales?


Pecado (del latín peccātum) es la transgresión voluntaria de un precepto tenido por bueno.
Para los griegos, pecado se decía hamartia: ‘fallo de la meta, no dar en el blanco’. Aludía al concepto de vivir al margen de lo esencial debido a una actitud errónea no consciente.
Antes que los griegos y con anterioridad al arameo, el término pecado tenía el significado de ‘olvido’. Olvido de algo que estaba presente, "olvido" como dejar a un lado. No tener presente a algo o alguien que en ese momento, por diversas razones, se lo dejaba a un costado.
El concepto religioso aún vigente de pecado como ‘delito moral’ alude a la trasgresión voluntaria de normas o preceptos religiosos. Dado que existen innumerables normas de este tipo, existen innúmeros pecados, a los cuales se les asigna mayor, menor o ningún castigo según las distintas creencias.

El término “capital” no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados.

“Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. […] Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana caída está principalmente inclinada.”
(Santo Tomás de Aquino)

Los Siete Pecados Capitales, al igual que las creencias y formas de actuar de las personas, han ido evolucionando con el transcurso del tiempo. Esto ha sido posible gracias a la falta de definición concisa de ellos. Al existir diferentes textos sobre estos temas, la interpretación de ellos ha facilitado esta involución.

En contraste con nuestra época, la ética medieval poseía claras delimitaciones. De esta manera el hombre medieval cuenta con una suerte de código de conducta que le señalaba claramente cómo debía ser su actuar. Esta codificación tiene su base, por un lado,  en las llamadas “Virtudes Cardinales”, verdaderas llaves maestras que posibilitaban el ejercicio de una conducta conforme con lo que se consideraba éticamente correcto. Por otro lado, los “Pecados Capitales” (denominados así por ser “cabeza” o principio de todos los demás pecados)  muestran claramente la cuna de todo lo moralmente reprobable. Esta codificación moral, que si bien fue formulada en el Medioevo, tiene una sorprendente similitud a la actualidad. Está cruzada transversalmente por una problemática ética fundamental: la posibilidad de acoger hospitalariamente al “otro”, al prójimo (el que está próximo) como una persona válida por sí misma. Dicho de otra manera el entender a los seres humanos que están frente a mí, cualquiera sea su condición, como un “interlocutor válido”, como un fin en sí mismo.  Lo que verdaderamente constituye el mal moral es entender al “otro” como un “medio”, como un objeto que puede ser utilizado para el propio beneficio, en conformidad al principio del “amor a sí mismo”.

Como todo en esta vida, los Siete Pecados Capitales tienen sus contrarios, en este caso están “las Siete Virtudes”. Estas virtudes ayudan a contrarrestar, de alguna manera, las tentaciones de cada uno de los Pecados Capitales.

Aunque no se crea, cada uno de estos pecados están estrechamente ligados con cada uno de los Siete Sacramentos, por ende, a cada uno de los Siete Chakras principales.  En otras palabras, los Siete Pecados Capitales, son representaciones de un mal procedimiento de uno mismo respecto a nuestro entorno y  de la vida.

Estos son:

1.- La Pereza (Acidia).
 Es el más “metafísico” de los Pecados Capitales en cuanto está referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia en cuanto tal. Es también el que más problemas causa en su denominación. La simple “pereza”, más aún el “ocio”, no parecen constituir una falta. He preferido, por esto, el concepto de “acidia” o “acedía”.  Tomado en sentido propio es una “tristeza de ánimo” que nos aparta de las obligaciones espirituales y divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el corazón, desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital.
Tomada en sentido estricto en cuanto se opone directamente a la caridad que nos debemos a nosotros mismos y al amor que debemos a Dios. De esta manera, si deliberadamente y con pleno consentimiento de la voluntad, nos entristecemos o sentimos desgano de las cosas a las que estamos obligados; por ejemplo, al perdón de las injurias, a la privación de los placeres carnales, entre otras; la acidia es pecado grave porque se opone directamente a la caridad de Dios y de nosotros mismos.
Considerada en orden a los efectos que produce, si la acidia es tal que hace olvidar el bien necesario e indispensable a la salud eterna, descuidar notablemente las obligaciones y deberes o si llega a hacernos desear que no haya otra vida para vivir entregados impunemente a las pasiones, es sin duda pecado mortal.
Son efectos de la pereza:
  • La repugnancia y la aversión al bien que hace que este se omita o se practique con notable defecto.
  • La inconsistencia en el bien, la continúa inquietud e irresolución del carácter que varía, a menudo, de deseos y propósitos, que tan pronto decide una cosa como desiste de ella, sin ejecutar nada.
  • Una cierta pusilanimidad y cobardía por la cual el espíritu abatido no se atreve a poner manos a la obra y se abandona a la inacción.
  • La desesperación de considerar que la salvación es imposible, de tal manera que lejos de pensar el hombre en los medios de conseguirla se entrega sin freno alguno a sus propias pasiones.
  • La ociosidad, la fuga de todo trabajo, el amor a las comodidades y a los placeres.
  • La curiosidad o desordenado prurito de saber, ver, oír, que constituye la actividad casi exclusiva del perezoso.

 En el fondo, la acidia se identifica con el “aburrimiento”. Pero no con ese aburrimiento objetivo que nos hace escapar de una cosa, de una situación o de una persona en particular. Más bien se refiere al “aburrimiento” que sentimos frente a la existencia toda, frente al hecho de existir y de todo lo que esto implica. La vida nos exige trabajo, esfuerzo para actuar según lo que se debe, esfuerzo que no es ni gratuito ni fácil. Cuando no somos capaces de asumir este costo (este trabajo) y desconocemos aquello que debemos “hacer” en la existencia, la vida humana se transforma en un vacío que nos causa “horror”; se transforma en un vacío que nos angustia y del cual escapamos constantemente casi sin darnos cuenta. De hecho ‘aburrimiento’ significa originariamente “ab horreo” (horror al vacío).
En conclusión, la pereza o acidia es el más metafísico de los pecados capitales porque implica no asumir los costos de la existencia, de escapar constantemente de hacer lo que se debe, por no saber lo que se debe.
El remedio radical o Virtud contra la Pereza es la Diligencia o Laboriosidad, que es prontitud, cuidado y eficiencia en el cumplimiento del deber.
Compromete al:
Sacramento del Bautismo.
Primer Chakra: Muladhara.


2.- La Lujuria.
Tradicionalmente se ha entendido la lujuria como “appetitus inorditatus delectationis venerae”, es decir, como un apetito desordenado de los placeres eróticos. La tradición cristiana subdividió este pecado en la simple fornicación, el estupro, el rapto, el incesto, el sacrilegio, el adulterio, el pecado contra la naturaleza, comprendiendo bajo esta última especie, la polución voluntaria, la sodomía y la bestialidad. La lujuria sería siempre un “pecado mortal” pues involucra directamente la utilización del otro, del prójimo, como un medio y un objeto para la satisfacción de los placeres sexuales.
Hay en este pecado dos grandes principios en juego: el verdadero concepto del amor y la finalidad de la sexualidad.
El cristianismo (y gran parte de la tradición clásica especialmente la griega), entienden por “amor” algo muy distinto de lo que el mundo contemporáneo comprende. El concepto de amor tiene una importancia central en el cristianismo. De hecho Dios mismo es identificado con el amor. Para el cristiano el amor es “superabundancia”, capacidad de dar y de darse, “caritas”, en definitiva: caridad, una de las tres Virtudes Teologales. De esta manera el amor implica un donarse, un darse por el otro, por el prójimo. Recordemos la segunda parte del único mandamiento que anuncia el Nuevo Testamento: “...amar al prójimo como a sí mismo”. El amor cristiano, y también el griego, está, de esta forma, desligado en su origen de cualquier tipo de sexualidad, incluso de la corporeidad. Lo erótico es una consecuencia, un plus totalmente prescindible. La casi sinonimia entre amor y sexo es producto de la modernidad. El “hacer el amor” como sinónimo de “relación sexual” es el mejor ejemplo de lo anterior. La Lujuria sería, entonces, totalmente contraria al amor (y a Dios) entendido en términos cristianos. El pecado de la lujuria no considera al otro como una “persona” válida y valiosa en sí misma, como un fin en sí misma por el cual tendríamos que darnos. El otro pasa a ser un objeto, una cosa que satisface la más fuerte de las satisfacciones corporales: el placer sexual. Aun más, el sujeto mismo que incurre en un acto lujurioso se convierte, así, en un objeto, que olvida o suspende su propia dignidad. Por otro lado, para el pensamiento cristiano la sexualidad tiene una finalidad preestablecida, única y clara. La reproducción y la perpetuación de la especie. Esta clara finalidad da también sentido a la existencia del hombre ordenado su acción en vista del amor de Dios. La lujuria, en cambio, que no tiene en vistas la finalidad de la reproducción y que por esto pierde todo sentido, se convierte en una acción vacía, sin sentido, que de alguna manera convierte al hombre en nada y lo aleja del Ser de Dios.
El remedio radical o Virtud contra la lujuria es la Castidad, que consiste en el dominio de sí, en la capacidad de orientar el instinto sexual al servicio del amor y de integrarlo en el desarrollo de la persona.
Compromete al:
Sacramento de la Primera Comunión.
Segundo Chakra: Svadhisthana.


3.-  La Gula.
Este pecado es definido como “el uso inmoderado de los alimentos necesarios para la vida”. La definición teológica se complementa con que el placer o deleite que acompaña al uso de los alimentos, nada tiene de malo; al contrario, es el efecto de una providencia especial de Dios para que el hombre cumpliese más fácilmente  con el deber de su propia conservación. Prohibido es, empero, comer y beber hasta saciarse por ese solo deleite que se experimenta. De esta manera, la religiosidad latina especifica estas faltas en:
Proepropere: comer antes de tiempo o cuando se debe abstener de comer, por ejemplo en los días de ayuno señalados por la Iglesia;
Laute: cuando se comen manjares que superan las posibilidades económicas de la persona;
Nimis: cuando se bebe o se come en perjuicio de la salud de la persona;
Ardenter: cuando se come con extrema voracidad o avidez a manera de las bestias.
La gula se transforma en pecado en los siguientes casos:
  • Cuando por el solo placer de comer se llega al hurto o se reduce a la familia a la mendicidad.
  • Cuando el deleite en el comer se reduce a un fin único y preponderante en la vida.
  • Cuando es causa de graves pecados como la lujuria y la blasfemia.
  • Cuando trasgrede los preceptos de la Iglesia en los días de ayuno y de abstinencia de ciertos alimentos.
  • Cuando se provoca voluntariamente el vómito para continuar el deleite de la comida.
  • Cuando se auto infiere grave daño a la salud o sufrimiento a sí mismo y a los que lo rodean.

Además de lo dicho por la teología tradicional, la gula tiene un aspecto que  no debemos dejar de considerar. La gula es la manifestación física de un apetito más profundo y significativo. El que cae en las tentaciones de la gula, no sólo quiere consumir comida. Quiere, de alguna manera, ingerir todo el universo. Asimilar, hacer suyo todo lo exterior, reducir todo lo otro a sí mismo. En este sentido la gula se mimetiza estrechamente con la lujuria, se trata de poner por sobre lo otro, reducirlo, objetivarlo y hacerlo suyo. De esta manera  el “glotón” se transforma en el único centro de referencia, en conformidad con el principio del amor a sí mismo. El asimilar, reducir el universo y al prójimo en general y, en particular, a sí mismo, que es la más radical negación del otro.
El remedio radical o Virtud contra la Gula es la Templanza, que regula la atracción por los placeres y procura el equilibrio en el uso y disfrute de los bienes creados, asegurando el dominio de la voluntad sobre los instintos y manteniendo los deseos en los límites de la honestidad.
Compromete al:
Sacramento de la Confirmación.
Tercer Chakra: Manipura.


4.- La Ira.
“Appetitus inordinatus vindictae” es decir, un “apetito desordenado de venganza”. “Que se excita –continua la definición latina– en nosotros por alguna ofensa real o supuesta. Requiérase, por consiguiente, para que la ira sea pecado, que el apetito de venganza sea desordenado, es decir, contrario a la razón. Si no entraña este desorden no será imputado como pecado”. De esto último se desprende que habría una ira “buena y laudable” si no excede los límites de una prudente moderación y tiene como fin suprimir el mal y restablecer un bien. Por ende, el apetito de venganza es desordenado o contrario a la razón y, por consiguiente, la ira es pecado cuando se desea el castigo al que no lo merece, o si se le desea mayor al merecido, o que se le infrinja sin observar el orden legítimo, o sin proponerse el fin debido que es la conservación de la justicia y la corrección del culpable. Hay también pecado en la aplicación de la venganza, aunque esta sea legítima, cuando uno se deja dominar por ciertos movimientos inmoderados de la pasión. De esta manera la ira se convierte en pecado gravísimo porque vulnera la caridad y la justicia. Son hijos de la Ira: el maquiavelismo, el clamor, la indignación, la contumelia, la blasfemia y la riña.
De la  definición anterior se desprende que la ira es el uso de una fuerza directa o verbal que trasgrede los límites de la legítima restitución de un bien ofendido. La violencia, entendida como el uso de la fuerza, si es desmedida, es claramente una anulación del otro. En el leguaje, mediante la ofensa o el improperio, encontramos también el deseo de perjuicio e, incluso, de nulidad del otro.
Es importante hacer notar que el uso de la fuerza en contra del prójimo no siempre es un mal moral. Debe ser entendida como un mal menor si el fin por el cual se realiza no es sólo la anulación del otro sino que persigue fines legítimos como la conservación de la vida propia o de terceros. Tal es el caso de la “guerra legítima” que procura evitar la propia muerte o la privación de la legítima libertad a mano de un invasor, la legítima defensa. El uso de la fuerza se justifica también cuando se procura, con esto, el bien del otro, evitando de esta manera un daño mayor que el dolor que se infringe.
La ira se convierte en pecado gravísimo cuando nuestro instinto de destrucción sobrepasa toda moderación racional y, desbordando todo límite dictado por una justa sentencia, se desea sólo la inexistencia del prójimo.
El remedio radical o Virtud contra la Ira es la Paciencia o Perseverancia, que es la actitud que lleva al ser humano a poder soportar contratiempos y dificultades para conseguir algún bien y la Mansedumbre, que es una forma de Templanza que evita todo movimiento desordenado de resentimiento por el comportamiento de otro.
De acuerdo con la tradición filosófica, "es la constancia valerosa que se opone al mal, y a pesar de lo que sufra el hombre no se deja dominar por él”.
Compromete al:
Sacramento del Matrimonio.
Cuarto Chakra: Anahata.


5.- La Envidia
La envidia es definida como “Desagrado, pesar, tristeza, que se concibe en el ánimo, del bien ajeno, en cuanto éste bien se mira como perjudicial a nuestros intereses o a nuestra gloria: tristia de bono alteriusin quantum est diminutivum propiae gloriae et excellentiae” De esta manera, para saber si la envidia es una falta moral, es necesario investigar el verdadero motivo que produce la tristeza que se siente frente al bien que posee el prójimo. De esta manera la envidia no es pecado cuando:
Nos entristecemos por el cargo, potestad o bienes materiales alcanzado por quien no los merece y podría hacer mal uso de esa autoridad causando grave daño a sus semejantes.
Sentimos insatisfacción por los bienes que posee quien no los merece y en vista de que nosotros le daríamos mejor fin. Por ejemplo, el que abunda en riquezas haciendo mal uso de ellas: los avaros que no hacen uso de sus bienes ni para beneficio propio ni para el de los demás.
Otras veces, nos entristecemos, no tanto de lo que el otro posee como del hecho de que nosotros carecemos de ese bien, si esta constatación nos muestra el tiempo y las oportunidades perdidas y alienta nuestro propio sentido de superación.
La envidia es falta gravísima, cuando nos incomoda y angustia a tal grado el bien o los bienes materiales del otro, que deseamos verlo privado de aquellos bienes que legítimamente a conseguido y al que, nosotros, por nuestra impotencia, no hemos logrado conseguir. De esta manera, este deseo de ver privado al otro de sus bienes nos puede conducir a procurar, por todos los medios, a efectivamente quitarle esos bienes o de hacer ver, con el uso del chismorreo, que aquel no debería poseer lo que posee. La mentira, la traición, la intriga, el oportunismo, entre otras faltas, se desprenden de esta tristeza frente al bien ajeno y a nuestra propia incapacidad de acceder a tales bienes.
El remedio radical o Virtud contra la Envidia es la Caridad, que es la virtud sobrenatural infusa por la que la persona puede amar a Dios sobre todas las cosas, por él mismo, y amar al prójimo por amor a Dios y el Amor Fraterno, que es el afecto entre hermanos, aunque puede extenderse a otros parientes exceptuados los padres y los descendientes. Nace de un sentimiento profundo de gratitud y reconocimiento a la familia, y se manifiesta por emociones que apuntan a la convivencia, la colaboración y la identificación de cada sujeto dentro de una estructura de parentesco.
Compromete al:
Sacramento de la Confesión.
Quinto Chakra: Vishuddha.


6.- La Avaricia.
La teología cristiana explica el pecado de la avaricia como un amor desordenado de las riquezas, ya que lícito es amar y desear las riquezas con fines honestos en el orden de la justicia y de la caridad, como por ejemplo, si se las desea para cooperar más eficazmente con la gloria de Dios, para socorrer al prójimo etc. El crimen de la avaricia no lo constituyen las riquezas o su posesión, sino el apego inmoderado a ellas; esa  pasión ardiente de adquirir o conservar lo que se posee, que no se detiene ante los medios injustos; esa economía sórdida que guarda los tesoros sin hacer uso de ellos aun para las causas más legítimas; ese afecto desordenado que se tiene a los bienes de la tierra, de donde resulta que todo se refiere a la plata, y no parece que se vive para otra cosa que para adquirirla.
La  avaricia, por consiguiente, es pecado mortal siempre y cuando el avaro ame de tal modo las riquezas y pegue su corazón a ellas que está dispuesto a ofender gravemente a Dios o a violar la justicia y la caridad debida al prójimo, o a sí mismo.
En la avaricia se ven claramente los elementos comunes a todos los pecados. Por un lado, el avaro pierde el verdadero sentido de su acción poniendo el fin en lo que debería ser un medio, en este caso la obtención y la retención de las riquezas. Lo que importa al cristianismo es que el prójimo reciba, en justicia,  la caridad que todos le debemos al menesteroso. La avaricia es directamente contraria a la caridad en cuanto es un “no dar”, más aun en privar a otros de sus bienes para tener más que retener. Por otro lado,  el privar al otro de sus bienes, muchas veces con malas artes, y retener estos bienes en perjuicio del otro, es también negar al otro en su calidad de persona, de fin en sí. Se lo utiliza para satisfacer, mediante la acumulación de riquezas, el principio del amor a sí mismo.
Son “hijos” o faltas menores de la avaricia: el fraude, el dolo, el perjurio, el robo, el hurto, la tacañería, la usura, etc.
El remedio radical o Virtud contra la Avaricia es la Sencillez, que es ser feliz con poco y La Generosidad, que es pensar en compartir y dar de lo tuyo. Siempre habrán otros que tienen más necesidad que tú.
Compromete al:
Sacramento del Sacerdocio.
Sexto Chakra: Ajna.


7.-  La Soberbia (Orgullo).
 Es el principal de los pecados capitales. Es la cabeza de “todos” los restantes pecados. Recordemos que por esta falta, según la teología cristiana, el hombre fue expulsado del jardín del paraíso. Es una ofensa directa contra Dios, en cuanto el pecador cree tener más poder y autoridad que Dios. En general es definida como “amor desordenado de sí mismo”. Según Santo Tomás de Aquino, la soberbia es  “un apetito desordenado de la propia excelencia”. Se considera pecado mortal cuando es perfecta, es decir, cuando se apetece tanto la propia exaltación que se rehúsa obedecer a Dios, a los superiores y a las leyes. Se trata de renunciar a Dios en cuanto es Verdad y sentido conductor de la existencia e instalarse a sí mismo como Verdad suprema e infalible y como fundamento de la acción humana. De la misma manera, y guardando las distancias, se aplica al respeto y a la consideración que los subordinados le deben a las autoridades legítimamente constituidas. De la soberbia se desprenden las siguientes faltas menores:
  • La Vanagloria: es la complacencia que uno siente de sí mismo a causa de las ventajas que uno tiene y se jacta de poseer por sobre los demás. Así mismo, consiste en la elaborada ostentación  de todo lo que pueda conquistarnos el aprecio y la consideración de los demás.
  • La Jactancia: falta de los que se esmeran en alabarse a sí mismos para hacer valer vistosamente su superioridad y sus buenas obras. Sin embargo, no es pecado cuando tiene por fin desacreditar una calumnia o teniendo en miras la educación de los otros.
  • El Fausto: consiste en querer elevarse por sobre los demás en dignidad exagerando, para ello, el lujo en los vestidos y en los bienes personales; llegando más allá de lo que permiten sus posibilidades económicas.
  • La Altanería: Se manifiesta por el modo imperioso con el que se trata al prójimo, hablándole con orgullo, con terquedad, con tono despreciativo y mirándolo con aire desdeñoso.
  • La Ambición: Deseo desordenado de elevarse en honores y dignidades como cargos o título, sólo considerando los beneficios que les son anexos, como la fama y el reconocimiento
  • La Hipocresía: simulación de la virtud y la honradez con el fin de ocultar los vicios propios o aparentar virtudes que no se tienen.
  • La Presunción: consiste en confiar demasiado en sí mismo, en sus propias luces, en persuadirse a uno mismo que es capaz de efectuar mejor que cualquier otro ciertas funciones, ciertos empleos que sobrepasan sus fuerzas o sus capacidades. Esta falta es muy común porque son rarísimos los que no se dejan engañar por su amor propio, los que se esfuerzan en conocerse a sí mismos para formar un recto juicio sobre sus capacidades y aptitudes.
  • La Desobediencia: es la infracción del precepto del superior. Es pecado mortal cuando esta infracción nace del formal desprecio del superior, pues tal desprecio es injurioso al mismo Dios. Pero cuando la violación del precepto no nace del desprecio sino de otra causa y considerando la materia y las circunstancias del caso, puede ser considerada una falta menor.
  • La Pertinacia: consiste en mantenerse adherido al propio juicio, no obstante el conocimiento de la verdad o mayor probabilidad de las observaciones de los que no piensan como el sujeto en cuestión.

El remedio radical o Virtud contra la Soberbia es la Humildad, que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades, obrando de acuerdo con este conocimiento.
Según el cristianismo, “Dios abate a los soberbios y eleva a los humildes” (Luc. 14)
Compromete al:
Sacramento de la Extremaunción.
Séptimo Chakra: Sahasrara.

¿Qué son los 7 Sacramentos?


Los sacramentos son una serie de actos característicos de varias corrientes cristianas, aunque no todas, mediante los cuales los creyentes exteriorizan su relación con Dios, como hijos de éste. Las diversas corrientes cristianas discrepan sobre los actos que deben considerarse sacramentos, así como sobre las formalidades de los mismos.
El vocablo sacramento proviene del latín sacramentum, con la cual en las traducciones más tempranas del griego al latín se buscó traducir el griego mystērion (μυστήριον).
Morfológicamente, sacramentum es una derivación del verbo sacrare ('hacer santo') mediante el sufijo denominalizador -mentum (instrumental, "medio para"), esto es, sacramentum equivale gramaticalmente a 'instrumento para hacer santo'. Este vocablo se usaba a la llegada del cristianismo a Roma para designar un juramento de los soldados romanos de servicio incondicional al ejército imperial.
En cuanto a mystērion, refiere a lo que hoy en día llamamos con la palabra 'misterio' o con 'místico'. El griego bíblico, hace referencia a "lo que, estando fuera de la comprensión natural, puede ser conocido solo por revelación divina".
Los sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por Cristo y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Eucaristía (Primera Comunión), Penitencia (Confesión), Unción de los enfermos (Extremaunción), Orden sacerdotal (Sacerdocio) y Matrimonio. Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual.
Siguiendo esta analogía se explican en primer lugar a los tres primeros sacramentos como la iniciación cristiana, luego los dos siguientes como los sacramentos de la curación, finalmente, los dos últimos como los sacramentos que están al servicio de la comunión y misión de los fieles. Ciertamente este orden no es el único posible, pero permite ver que los sacramentos forman un organismo en el cual cada sacramento particular tiene su lugar vital. En este organismo, la Eucaristía o Primera Comunión, ocupa un lugar único, en cuanto "sacramento de los sacramentos": "todos los otros sacramentos están ordenados a éste como a su fin".

Estos son:

Bautismo
Artículo principal: Bautismo
El bautismo es entendido como el sacramento que abre las puertas de la vida cristiana al bautizado, incorporándolo a la comunidad católica, al gran Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia en sí. Este rito de la iniciación cristiana es hecho normalmente con agua en el bautismo, con la inmersión, efusión o aspersión. O utilizando otras palabras del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, " el rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar el agua sobre su cabeza, mientras se invoca el nombre del Padre y Hijo y Espíritu Santo. El bautismo significa sumergir "en la muerte de Cristo y resucitado con Él como nueva creaturas".
El bautismo perdona el pecado original y todos los pecados personales y el castigo debido al pecado. Posibilita a los bautizados la participación en la vida trinitaria de Dios mediante la gracia santificante y la incorporación en Cristo y en la Iglesia. Confiere también las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. Una vez bautizado, el cristiano es siempre un hijo de Dios y un miembro inalienable de la Iglesia y también pertenece para siempre a Cristo.
Aunque el bautismo es esencial para la salvación, los catecúmenos, todos los que mueren a causa de la fe (Bautismo de sangre), [...] todos los que bajo el impulso de la gracia, sin conocer a Cristo y la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir con su voluntad (Bautismo de deseo), consiguen obtener la salvación sin ser bautizados, porque de acuerdo con la doctrina de la Iglesia Católica, Cristo murió por la salvación de todos. Los niños que mueren sin Bautizar, la Iglesia en su liturgia confiar en ellos para la misericordia de Dios, que es ilimitada e infinita.
En la Iglesia Católica, el bautismo se da tanto a niños como a adultos convertidos que no han sido antes bautizados válidamente (el bautismo, en mayor parte de las iglesias cristianas, es considerado válido por la Iglesia Católica porque se considera que el efecto proviene directamente de Dios, independientemente de la fe personal, aunque no la intención, del sacerdote).
Pero la Iglesia Católica insiste en el bautismo a los niños porque "habiendo nacido con el pecado original, necesitan ser liberados del poder del maligno y ser trasferidos al reino de la libertad de los hijos de Dios". Por esta razón, la Iglesia recomienda a los fieles hacer todo lo posible para evitar que una persona no bautizada venga a morir en su presencia sin la gracia del bautismo. Así, aunque el sacramento deba ser administrado por un sacerdote, delante de un enfermo no bautizado, cualquier persona puede y debe bautizarlo, diciendo: "Te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" mientras que, con el pulgar de la mano derecha, dibuja una cruz en la frente, la boca y el pecho del enfermo.
El hecho de que el bautismo sea generalmente administrado a los niños recién nacidos, que, por eso, no entrando en la vida cristiana por su propia voluntad, explica qué requieren estas personas para recibir otro sacramento, la Confirmación, cuando llegan a una edad en la que tienen discernimiento e intelecto suficiente para profesar conscientemente la fe y decidiendo si debe o no permanecer en la Iglesia Católica. Si es así, entonces estará en este caso, confirmando la decisión que sus padres o tutores hicieron en su nombre en el día de su bautismo. Sin embargo, como este sacramento imprime carácter, quien recibió el bautismo, independiente de que lo confirme o no a través del sacramento del Crisma o Confirmación, estará bautizado para siempre.
En la Iglesia Católica, el sacramento del bautismo tiene varios símbolos, pero hay cuatro principales, que son ellos: el agua, el aceite, la túnica blanca y la vela. Cada uno representa un misterio en la vida de los bautizados. Además de estos símbolos (que son los principales), el rito romano también establece la sal, pero este símbolo es utilizado sólo de acuerdo con las orientaciones pastorales de las Iglesias particulares.
Veamos los significados de los símbolos:
- Agua: Representa el pasaje de la vida "pagana" a una "nueva vida". Ella tiene el factor de purificación, lavándonos del pecado original.
- Aceite: Representa la fortaleza del Espíritu Santo. Antiguamente, los luchadores usaban el aceite antes de las luchas para dejar sus músculos rígidos y así poder vencer. En la nueva vida adquirida por el bautismo el tiene la misma función, revestir al bautizado para las luchas cotidianas contra las asechanzas del maligno.
- Túnica blanca: Representa la nueva vida adquirida por el bautismo. Cuando tomamos baño vestimos una ropa limpia, en el bautismo no sería diferente. Somos lavados en el agua y vestidos de una nueva vida.
- Vela: Tiene dos significados: el Espíritu Santo y el don de la fe. Por el bautismo somos revestidos de muchas gracias y la principal es el Espíritu Santo, pues seremos unidos a Dios como hijos para ser santificados y esta santificación es realizada a través del Espíritu Santo. La fe es un don fundamental para nuestra vida, es a través de la que reconocemos Dios y por ella recibimos su gracia.

Crisma o Confirmación
Artículo principal: Confirmación
La confirmación del Bautismo o Crisma el bautizado reafirma su fe en Cristo, siendo ungido durante la ceremonia, recibiendo los siete dones del Espíritu Santo. La unción es hecha por el Obispo o padre autorizado, con aceite bendito el jueves de la Semana Santa.
Es un sacramento instituido para dar oportunidad a una persona - que fue bautizada por decisión ajena y que tiene, por delante de la Iglesia, compromisos asumidos por otras personas en su nombre delante de la pía bautismal – de confirmar el deseo de ser miembro de la familia cristiana dentro de la Iglesia Católica y de reafirmar aquellos compromisos, después de alcanzar la “edad de la razón”.
Simplemente, la ceremonia es la renovación de las "promesas bautismales", preguntas por el obispo que preside, en general, hace en voz alta y responde de la misma manera en la Confirmación de la comunidad.
Como el bautismo, la confirmación también imprime carácter, puedéndose administrar solamente una sola vez a cada persona.
Debido a que es un acto de afirmación de los compromisos, la persona puede jamás recibir el crisma o, yendo a participar de la ceremonia, dejar de confirmar estos compromisos.
De todos modos, el que no fue confirmado o que reusó a renovar los compromisos del bautismo, puede hacerlo en cualquier momento.
El crisma es, por lo tanto, un sacramento dependiente, complementario al bautismo, ya que no tiene importancia dada a los que no han sido bautizados.

Eucaristía o Primera Comunión
Artículo principal: Eucaristía
Es la celebración en memoria de Cristo, recordando la santa cena, la pasión y la resurrección, en que el cristiano recibe la hostia consagrada.
Es el sacramento culminante, que le da a los fieles la oportunidad de recibir e ingerir físicamente el que consideran como siendo o cuerpo de Jesucristo, en que se transformó el pan consagrado por el sacerdote, así como el vino se transforma en Su sangre.
En el sacramento de la Eucaristía, la hostia consagrada (el pan) es distribuida a los fieles, que la colocan en la boca e ingieren lenta y respetuosamente.
Para recibir la hostia, el fiel debe estar en “estado de gracia”, o sea, debe haber antes confesado sus pecados y recibido el perdón divino a través del sacramento de la Confesión o Penitencia.
La consagración no forma parte del sacramento de la eucaristía. Es un rito precedente y separado. Es un acto que solo los sacerdotes tienen el poder de practicar.
Normalmente, la consagración ocurre durante la celebración de la Misa, rito también llamado de Santo Sacrificio. El sacrificio es precisamente el acto de la consagración. Consiste en la recreación, durante la misa, de un momento de la Última Cena de los apóstoles con Cristo, cuando Él sirvió pan y vino a los apóstoles, diciéndoles que aquello era su cuerpo y su sangre.
La Iglesia Católica sostiene que, cuando el sacerdote pronuncia las palabras rituales “Esto es mi cuerpo” en relación al pan y “Esto es mi sangre” en relación al vino, sucede un fenómeno llamado transubstanciación, o sea, la substancia material que constituye el pan se convierte en el cuerpo de Cristo y la que constituye el vino se transmuta en Su sangre.
El pan transubstanciado es distribuido a los fieles que, a los que ingieren la hostia están ingiriendo el cuerpo de Cristo. La Eucaristía es considerada el sacramento de la acción de gracias, en la acepción de la palabra original griega εὐχαριστία (transc. "eukharistia").

Reconciliación, Penitencia o Confesión
Artículo principal: Reconciliación
Es la confesión de los pecados a un sacerdote, que aplica la penitencia para, una vez cumplida, propiciar la reconciliación con Cristo. En otras palabras, es el sacramento que da al cristiano católico la oportunidad de reconocer sus faltas y, si de ellas estar arrepentido, ser perdonado por Dios.
El reconocimiento de las faltas es su confesión a un sacerdote, que puede oírlas en nombre de Dios y conceder a aquel fiel Su perdón.
Del punto de vista formal, el confesante se arrodilla ante un sacerdote, el confesor, y a él le declara que pecó, que desea confesar lo que hizo y pedir a Dios que perdone sus pecados.
Después de oírlo, cabe al sacerdote ofrecer sus palabras de consejo, de censura, de orientación y confort al penitente, recomendando la penitencia a ser cumplida.
El confesado debe rezar la oración denominada Acto de arrepentimiento, después el que el sacerdote pronuncia las palabras de perdón y bendice a los penitentes, que se retira para cumplir la penitencia que se le prescribió.
La Iglesia Católica considera el sacramento de la penitencia un acto purificador, que debe ser practicado antes de la Eucaristía, para que esta sea recibida con el alma limpia por el perdón de los pecados. Pero, se entiende también que ese efecto purificador es saludar, siendo benéfico para el espíritu cada vez que es practicado.
Uno de los más rígidos deberes impuestos al sacerdote por la Iglesia es el secreto de confesión.
El sacerdote está rigurosamente y totalmente prohibido de revelar lo que oye de los files en el confesionario. El incumplimiento de ese deber es considerado uno de los mayores e más graves pecados que un sacerdote puede cometer y lo sujeta a penalidades severísimas impuestas por la Iglesia.
En las últimas décadas, especialmente después del Concilio Vaticano II -, y en vista de las dificultades cada vez mayores debido al número insuficiente de sacerdotes - la confesión individual, ha sido sustituida por una confesión comunitaria, en la que el relato del pecado no se hace a los demás participantes, sino los errores son revisados por cada persona en silencio, antes de que todos juntos oren el "acto de contrición".

Unción de los enfermos o Extremaunción
Artículo principal: Unción de los enfermos
La Unción de los enfermos es el sacramento por el cual el sacerdote reza y unge a los enfermos para estimularles la cura mediante la fe, escucha los lamentos de ellos y les promueve el perdón de Dios. Este sacramento Puede ser dado a cualquier persona que se encuentre en estado de enfermedad, y no solamente a personas que están en estado de fallecer en cualquier momento.

Orden sacerdotal o Sacerdocio
Artículo principal: Orden
El sacramento de la orden concede la autoridad para ejercer funciones y ministerios eclesiásticos que se refieren al culto de Dios y a la salvación de las almas. Está dividido en tres grados:
  • El Episcopado: Confiere la plenitud de la orden y torna el candidato legítimo sucesor de los apóstoles y le es confiado los oficios de enseñar, santificar y regir.
  • El Presbiteriado: Configura el candidato al Cristo sacerdote y buen pastor. Es capaz de actuar en nombre de Cristo cabeza y administrar el culto divino.
  • El Diaconato: Confiere al candidato la orden para el servicio en la Iglesia, a través del culto divino, de la predicación, de la orientación y sobretodo, en la caridad.


Matrimonio
Artículo principal: Matrimonio católico
El sacramento que, estableciendo y santificando la unión entre un hombre y una mujer, funda una nueva familia cristiana. Matrimonio es el casamiento entre hombre y mujer, celebrado en la Iglesia y santificado en la indisolubilidad y en la fidelidad;
Es uno de los sacramentos que imprimen carácter, aunque de forma distinta del bautismo, del crisma y de la orden. Estos tres últimos dejan en el fiel que lo recibe una marca indeleble que lo acompaña por toda la eternidad. Quien fue bautizado o crismado, quien fue ordenado sacerdote tendrá esa condición independiente de cualquier cosa, inclusive de que decida después convertirse a otro credo religioso o abandonar el sacerdocio.
El matrimonio imprime carácter sobre la pareja, sobre el conjunto que los dos cónyuges pasaran a formar, y es, por eso, doctrinariamente indisoluble. El carácter impreso por el matrimonio se disuelve con la muerte de uno de los cónyuges. Es un sacramento que solo existe habiendo dos participantes.
Otro rasgo distintivo es el sacramento del matrimonio no es enseñado por el sacerdote, sino por la pareja que, realizando el sacramento por delante de la Iglesia, pierden y reciben del sacerdote la bendición para la nueva familia que está naciendo.
Las iglesias ortodoxas también celebran estos siete sacramentos. Para las iglesias reformadas, como se ha mencionado antes, dichos símbolos manifiestan la gracia, pero no la confieren.


Véase, también "Relación entre Los 7 Sacramentos, El Árbol de la Vida y Los Chakras"



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