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La Kabbalah y su importancia en la Humanidad

La Kabbalah y su importancia en la Humanidad

Del hebreo קַבָּלָה (qabbālāh), que significa “recibir”, la Kábbalah o Cábala, es una corriente de interpretación mística, esotérica y alegórica del Antiguo Testamento que se refiere a la tradición oral que recibió Moisés de Dios, en oposición del Torá, la que es la tradición escrita.

El concepto refiere al conjunto de doctrinas que, mediante el esoterismo y el cumplimiento de ciertos preceptos, pretende revelar el mensaje de Dios y del mundo.

La Kabbalah es una tradición viva de conocimiento superior, un sistema universal no sujeto a dogmas ni ideologías religiosas, por lo que es perfectamente válido para todas las personas interesadas en el autoconocimiento, la transformación, la apertura de la conciencia, el desarrollo de capacidades y la evolución, tanto en el ámbito espiritual como en lo terrenal.



Un poco de historia...


Si bien las raíces de la Kabbalah se remontan al Antiguo Egipto, a la Atlántida, a Lemuria, e incluso mucho más atrás en el tiempo, la tradición cabalística actual señala a Abraham como el primer humano que estableció la metodología en el pueblo judío y, de ahí, al mundo, como bien expresa la misma obra que se le atribuye: “Séfer Yetsirá: El Libro de la Creación”, estableciendo a su vez los principios básicos de esta sagrada herramienta para la transformación y evolución interior, que también produce lindos y suculentos frutos en el exterior. 


En esa obra, están ya presentes los elementos cabalísticos fundamentales que, no sólo han llegado hasta nuestros días, sino que también siguen teniendo la misma importancia y utilidad de entonces. Se trata, por ejemplo, de los 72 nombres de Dios, las 10 esferas, las 22 letras hebreas, los Arcángeles, Ángeles y las Esferas Planetarias, las técnicas de meditación y de oración, e incluso las prácticas mágicas y alquímicas. 

Con todo esto y mucho más, integrado y desarrollado de forma perseverante y continua, es posible lograr un grado de unión tan profundo con el Intelecto Divino, que lleva a materializar eso que en la dimensión terrena llamamos milagros.


Después de Abraham, Moisés fue el segundo impulsor significativo de la Kabbalah. Detrás de él la practicaron y desarrollaron los Esenios, el linaje en el que nació Yeshua o Jesús en su encarnación de hace más de dos mil años. 


Ahora bien, no sólo el Maestro del Amor, de la Paz y del justo uso de la Energía Universal, era un gran caballista, sino que también lo fueron muchos de sus parientes más cercanos y, desde luego, sus padres, sus abuelos maternos, su esposa, María Magdalena, y algunos de sus hijos y nietos.


En el gran y largo recorrido histórico y evolutivo de la humanidad, la Cábala ha ido asimilando y adaptando contenidos de otras culturas, tradiciones y pueblos, como también ha introducido enseñanzas de la gnosis y la filosofía griega y, más recientemente, aunque pareciera ser que no y se niegue actualmente por los ortodoxos del tema, de la Psicología Jungiana y Transpersonal. 


Por esa misma capacidad de evolución, integración y adaptación que tiene, la Kabbalah se ha convertido, a lo largo del tiempo, en un camino de conexión con el Todo, con la Fuente Divina, con la Creación misma.


Por lo mismo, al momento de estudiarla, es que podemos ir viendo muchas similitudes con casi todas las civilizaciones, culturas y religiones que se conocen hasta el momento, a lo largo y ancho del planeta.



El Árbol de la Vida...

Árbol de la Vida
Ahora bien, el símbolo fundamental de la Cábala es el “Árbol de la Vida”, un mapa de la Gran Consciencia y de la Energía Universal expresada en Luz y Obscuridad, que representa al Todo, al Uno, a la Fuente Divina y Cósmica de la Existencia, al Universo y a la Humanidad, a la unión de cada ser humano, desde lo Macro a lo Micro, desde Adentro hacia Afuera y viceversa, desde Arriba hacia Abajo y viceversa, además de la relación que existe entre cada componente de la Santísima Trinidad de la Vida Una, expresadas en las experiencias materiales y terrestres, como las celestiales y espirituales.


Es el mismo Árbol de la Vida que podemos encontrar en otras culturas, como la egipcia y la hinduísta, de los cuales se desprenden los Siete Chakras (que son los siete niveles del Árbol de la Vida que contienen a los diez Sefirot), que, con el tiempo, el catolicismo adoptó en forma disfrazada como los Siete Sacramentos, ocultando el verdadero significado, pero enfocando una gran parte del manejo de las energías para encauzar a la humanidad para su propio beneficio. A nivel material y físico, serían las Siete Glándulas Endocrinas. Y a nivel más sutil y etéreo, serían los Siete Cielos, las Siete Dimensiones.


Ver Relación entre Los 7 Sacramentos, El Árbol de la Vida y Los Chakras.


Fue a partir del siglo XII, cuando todo el cuerpo de conocimiento delineado en el Sefirá Yetsirá, se reestructuró de una manera nueva, sintetizada y simbolizada en lo que hoy conocemos como el Árbol Cabalístico de la Vida, una amplia y enriquecedora síntesis e integración de cinco saberes fundamentales del Conocimiento Perenne o Gnosis, cinco de las más elevadas y avanzadas ciencias sagradas para la evolución, transformación y elevación del alma humana, y de la personalidad terrestre en la que ésta habita en cada encarnación.


Se trata del Tarot, la Astrología, la Alquimia, la Numerología y la misma Kabbalah, todas ellas relacionadas también con el ámbito psicológico humano.

 

Gracias a esa unidad, y en una única imagen, nos encontramos en el Árbol de la Vida con una representación completa de la propia existencia: una Geometría Sagrada que muestra las esferas más sutiles y mundanas, así como los distintos caminos y modos de conexión que hay entre ellas, todos disponibles para ser andados, experimentados, integrados y desarrollados por todo ser que ha encarnado en un cuerpo de carne y hueso, vehículo a través del cual la esencia espiritual se manifiesta, aquella sagrada vasija espiritual capaz de conectar albergar y manifestar códigos y frecuencias energéticas de alta vibración, una vez que aquellos seres, en forma consciente, se hayan liberado de las de menor frecuencia. 


Cada Sefirá o esfera del Árbol Cabalístico de la Vida, cuenta con distintos poderes y energías regentes, cuyos apelativos tradicionales son aquellos con que nos han inculcado a lo largo de la historia humana, como son los nombres de Dios, los Arcángeles, el Coro o Jerarquía Angelical y las Esferas o Dimensiones energéticas, que están detrás de todo lo existente, rigiendo y alentando con su energía particular a cada uno de los Sefirá. Son distintos grados de Consciencias de muy alto y elevado “voltaje”, energías de distintos calibres, frecuencias y vibraciones, expresadas desde lo más sutil y etéreo, hasta lo más denso y material, todas conectadas entre sí, traspasando su saber, información y experiencias en los distintos planos hacia ambos lados de su Ser, tanto hacia arriba como abajo, tanto hacia adelante como atrás, tanto a la izquierda como a la derecha, y tanto adentro como afuera, para mantener así  la Gran Unidad que los encierra y sostiene a todos, creando en forma constante, infinita y eterna, pasando por todos los estados de existencia.


Para poder entenderlo a nivel mental, es que la Cábala lo expresa con distintos nombres y funciones específicas, siendo cada uno un regente de cada emisión, energía, astro, chakra, color, sonido, etc, pero que así y todo están todos interconectados; por tanto, todos y cada uno, hace lo mismo que el otro, pero en distintos niveles y vibraciones.


Es así como existen los “22 senderos o caminos del Árbol”, representados y regidos por las veintidós letras del alfabeto hebreo, que también son emanaciones energéticas de elevadísimo calibre, canales a través de los cuales pasan la energía, y no como simples letras como ahora las entendemos. De hecho, nada es lo que habíamos creído que era. Todo es mucho más profundo y sagrado.



Programación Divina...

Programación Divina

En la medida que vamos individualmente retirando todos y cada uno de los velos con que nos han mantenido tapados y ocultos de los misterios de la vida, más disponibles se nos hace para todos sus secretos, y más comprendemos que, lo que antes llamábamos divinidades, vedas, diosas, dioses, arcángeles, ángeles, maestros y guías espirituales, estrellas, astros, como también demonios, espíritus y elementales (y hoy en día como extraterrestres), son en realidad mucho más que seres antropomórficos, místicos y mitológicos e imaginarios, sino que códigos y programas energéticos, frecuencias de luz, color, números y formas, que vibran a una determinada velocidad que son parte de la totalidad y responsables de todo lo que existe, los creadores de todo lo que el cuerpo humano percibe a través de los cinco sentidos, para así poder jugar y experimentar con la existencia, consigo misma, en forma eterna e infinita, plasmado en un mismo y único plano obscuro de proyección, al cual le llamamos planeta.

 

Es decir, una especie de “software” dentro de un gran hardware virtual. 


En otras palabras, una especie de tecnología informática de un muy elevado nivel, mas no material, sino energética y espiritual que se retro alimenta a sí misma, en un ciclo eterno de nacimientos y muertes, de días y noches, de luz y obscuridad, de bits y bytes, de encendidos y apagados, que, dicho sea de paso, es la base de lo que los mismos seres humanos han inventado y creado con su tecnología, ya que la humanidad no es otra cosa que la propia expresión del Todo en forma materializada.


Es por ello que podemos encontrar este mismo “software” expresado en el cuerpo humano, en sus genes, en su código genético, en lo que llamamos ADN, lo que demuestra lo divino que todos somos.


Es así que en la Kabbalah se expresa lo mismo desde un nivel material y mental, matemático y alquímico, a través de la combinación de las veintidós letras hebreas, en donde cada una representa una energía y vibración particular de luz/obscuridad, y sonido/silencio, como también de conceptos visuales y mentales, formando lo que se conoce como los 72 nombres de Dios, los 72 nombres de ángeles y arcángeles, ordenados y clasificados desde distintos puntos de vistas, como es a nivel astrológico, energético, jerárquico, etc., que no son otra cosa que 72 combinaciones de códigos energéticos, 72 Inteligencias Creadoras, dotadas de unos determinadas frecuencias de información/luz, que les otorga capacidad para crear por sí mismas; 72 inteligencias que están formadas por la combinación de tres letras hebreas, dando lugar a 72 llaves que abren y dan acceso a todos los programas que están instalados e incluidos en todo lo que existe y es.


El paradigmático número 72 es un código en sí mismo, que también contiene un programa informático, transmisor y dador de luz con forma, al igual que el 3, número sagrado y alquímico por excelencia: tres letras en cada Nombre, tres versículos del relato del Mar Rojo.



3 x 3 = 9, 

3 + 3 + 3= 9, 

7 + 2= 9. 



El 3 y el 9 son dos de las frecuencias creadoras que Tesla postulaba y no en vano, cuya tercera frecuencia (de nuevo tres) es el 6, que surge de restar 3 al 9. 


Las letras hebreas, como las runas, la escritura cuneiforme, los jeroglíficos egipcios y otras grafías, son formas de conciencia-energía-espíritu-ser de muy elevada frecuencia, formulaciones primarias del espíritu, moldes o vasijas que contienen y expresan la energía viva de la Luz Divina, el hálito del Santo y Primordial Espíritu, así que es lógico que tengan ese poder. Por algo son ellas las que forman las 72 Inteligencias Creadoras. 



Los relatos Sagrados...

Los relatos Sagrados
Esas 72 combinaciones de letras, que dan lugar a tantas otras Inteligencias Creadoras, salen de los tres primeros versículos del relato del Mar Rojo, en el que se narra la salida de Egipto del pueblo israelita, en dirección a la Tierra Prometida. Una marcha liderada por Moisés, encargado de llevar adelante la liberación de la misma gente a la que él había contribuido a dominar. 


Es por ello que los textos bíblicos originales, sin recortar ni manipular, no son otra cosa que textos cabalísticos, cuyas enseñanzas y tecnologías energéticas y espirituales han estado abiertas y disponibles a todos y para todos, pero que han sido manipulados por las religiones e instituciones judaicas, católicas y derivados, para así mantener el poder de aquella sabiduría y el control mental y espiritual de la humanidad, con tal de ser los únicos que puedan disfrutar del Universo mismo a su antojo, egoísmo y conveniencia. 


Por otra parte, los relatos sagrados de todas las tradiciones de sabiduría, tienen varias capas y niveles de lectura, comprensión, interpretación y aplicación, para que cada cual reciba de ellos lo necesario, según su grado de consciencia, conocimiento y desarrollo.  A medida que éstos se amplían, gracias a la labor continua con uno mismo, es posible llegar a las capas más profundas y escondidas.  Quienes no realicen esa tarea de transformación interna y consciente, en forma constante y permanente, se quedarán sólo en la superficie, tomando lo escrito como una mera información en forma literal y cronológica, sin sentido, como una historia, un cuento y un mito.


Ahora bien, de nada sirve tampoco el sólo leer, mentalizar, conocer, saber, entender y comprender lo que en la Cábala se expresa, aunque se practique y experimente las veces que sea y de las forma que sea, si no se tiene y se suma el elemento fundamental y principal que los mismos textos mencionan en distintas formas, el que mueve todo, lo que le da Vida y Suspiro a todo, llamado Fé. Aquella fuerza incomprensible que sólo se siente y que no se puede definir ni expresar, en donde no existe la duda y tampoco la creencia, sino que sólo aquella fuerza interna que todo lo da, todo lo mueve, sin pedir nada a cambio.


Es así que, a modo de ejemplo, esta tecnología energética y espiritual, de las 72 frecuencias creadoras o llaves cabalísticas inteligentes, las usó Moisés para separar, literalmente, las aguas del Mar Rojo, pudiendo atravesarlo y llegar sanos y salvos a la otra orilla, librándose así del ejército del faraón que les pisaba los talones. 


Y para que efectivamente hiciera efecto y realmente fuera realizada esa separación física de aguas, Moisés tuvo que entrenarse mucho y muy profundamente. No fue algo gratuito ni casual, sino el resultado de una gran labor consigo mismo: de autoconocimiento, transformación, transmutación y evolución, tal cual Jesús con sus milagros, sumado a un profundo conocimiento de las leyes universales y de los elementos, y fue precisamente la sabiduría egipcia en la que se formó y practicó desde muy joven, por citar sólo lo más relacionado con aquella encarnación.


Meterse en el mar y moverse por él, antes de que las aguas se hubieran separado, fue, a su vez, un inmenso acto de Fe y más aún de certeza, dos requisitos imprescindibles para que los milagros ocurran, y que siempre han de acompañar a nuestros actos para atraerlos efectivamente hacia nosotros y a nuestra vida. 


La primera implica confianza plena en que sucederá aquello que se anhela y la segunda, aún más significativa y potente, nos hace estar completamente seguros de que sí o sí se materializará, sin tener que saber el cómo, sólo fluyendo, aunque las apariencias externas muestren otra cosa e incluso, con frecuencia, que va a ocurrir todo lo contrario.

 

La certeza es una seguridad interna y absoluta de que la ayuda llegará, la cual procede de uno mismo, del ser y de su conexión sin condiciones con la divinidad que llevamos dentro, que se activa en el preciso instante en que nos metemos de lleno en el mar de las situaciones, en donde ponemos lo mejor de nosotros mismos, y sólo hacemos lo que debemos de hacer, sin pensar, sin miedo ni duda alguna y quitándonos del medio para no estorbar ni estropear su acción, sin esperanza, ni proyección personal alguna, sin ego ni nada que le relacione.



Conclusión...


Luego de todo lo expuesto en este artículo, se puede decir, entonces, que la Kabbalah es una herramienta muy poderosa que, con la comprensión, práctica y Fé real y sincera, en forma consciente, se puede contribuir, cual Ángel, dios o diosa, a la propia Creación en forma honesta, limpia, pura y santa, como un eslabón más del Todo.


No es casual que siempre se haya dicho que la Humanidad es la conexión entre el Cielo y la Tierra, el encargado de traer uno al otro y de supervisar responsablemente que así siga siendo por la eternidad. 


Por ello somos materia y espíritu al mismo tiempo, cuerpo y alma, la perfección misma de toda la Creación, el eslabón primordial de que todo siga existiendo, la unión de lo sutil con lo denso, la imagen y semejanza de Dios mismo, encerrado en los 72 códigos inteligentes de la creación. 


Somos el propio Universo manifestado en  nosotros mismos, experimentándonos, jugando, viviendo en este ciclo eterno e infinito de Luz y Obscuridad, de Vida y Muerte, sin desaparecer jamás.





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GRACIAS, Bendiciones



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La Lápida Templaria de Arjona (Jaén)


La Lápida

La lápida templaria de Arjona, a imitación de la Mesa de Salomón, es una plancha de mármol recorrida por estrellas, cuadrados, retículas, líneas y círculos que componen una especie de Mandala.


En esta compleja geometría se encierra un tratado cabalístico complejo y completo que se ha transmitido a lo largo de los siglos entre iniciados que deseaban remontarse a los misterios de Dios, servir a los hombres e instaurar la paz y la hermandad universales bajo la Sinarquía. Ha guardado su secreto durante muchos siglos y ahora, gracias a la Cábala  nos revela y augura un camino de luz y una experiencia mística determinante capaz de cambiar la vida del que quiera y sepa seguirla, ilustración 1.


Sólo vemos lo que queremos ver. Para unos ojos inocentes la lápida templaria de Arjona es un trozo de mármol, sucio y lacerado que tiene unos dibujos raros por una de las caras, y sorprendentemente sin letras. Será un dibujo mudo, estéril y sin valor. Nada le dirá porque sintonizan en diferentes ondas, no porta las herramientas psíquicas necesarias que le permiten ver más allá del puro precepto visual. Para el cabalista, las líneas no fueron grabadas por casualidad, siguiendo mecánicamente un modelo, es imposible que pudiera darse esta circunstancia. Son el resultado de una meditación trascendente, de una honda preocupación por preservar un conocimiento ancestral y único que nos pone en contacto con algo intangible y atemporal, acercándonos a un mundo mágico e ilimitado.
Hoy sabemos que el origen del dibujo es hebreo por las tres letras del alfabeto hebreo que aparecen en ella: Alef (Sonido gutural semítico que se ha perdido; es oclusiva y muda), Mem (Bilabial y nasal) y Shin (cuando el sonido es sin, suena como silbante, sorda y dental; cuando el sonido es shin, es silbante, sorda y palatal); y porque es un dibujo (gematría) que representa los contenidos velados del Berechit y de la Mercava, que emplea en ciertas partes algo del procedimiento de Temura. Las líneas se entrecruzan formando polígonos estrellados que van conjugándose con gran precisión estética, dejando huecos por donde es posible contemplar el paisaje de un mundo superior.
Físicamente (9), la lápida templaria de Arjona es una piedra cuadrada de mármol de 75 cm. de lado y 25 mm. de grueso; grabada por una de sus caras con formas geométricas que guardan una doble simetría. En su interior, se desarrolla una estrella de doce puntas, un dodecágono regular estrellado continuo de cinco partes, que se cierra siguiendo vértices alternos cada cinco contiguos y cerrándose en el mismo donde comienza. Circunscribiendo al polígono, un Círculo, el mayor, que sirve de borde entre dos espacios: Uno, interior, donde suceden fenómenos geométricos objeto de nuestro análisis posterior, y, otro, exterior, limitado por los bordes físicos de la lápida que es cuadrada. Además, los lados del Cuadrado central grabado “cortan” al Dodecágono estrellado en puntos comunes a los lados, determinando una estrella de cinco partes, o Pentagrama; cuyos lados concretan líneas alternas que imprimen a la lápida un movimiento sugerido de naturaleza levógira, al contrario de las agujas del reloj. Son, también, como rayos que se originan en el interior del Círculo central mayor, símbolo de la divinidad, espiritual, por tanto; que trascienden al Cuadrado exterior, material, limitado y estéril por estable. ¿Una casualidad?
Un dibujo, como imagen esquemática y simple, actúa en nuestro consciente como símbolo abierto y, en nuestro inconsciente, como un signo multilinguístico, evocador y abierto que pude leerse en varios niveles de comprensión. Un primer nivel, sólo mostraría los formas geométricas puras y sus significados simbólicos inmediatos. Un segundo nivel expresarían su verdadero significado, a mi juicio. La Cábala irá mostrándose tal como la entendemos en la actualidad: como un camino de perfección espiritual mediante el conocimiento de la Obra del Creador.


La Cábala contenida en la Lápida de Arjona

El objeto de la Cábala es conocer el bien que Dios nos ofrece; es decir, Dios mismo. No existe mayor tesoro material, ni ningún bien verdadero en el mundo por encima de Dios mismo. Participar de Dios, acercarse a Él y a su esencia divina es el bien último del ser humano.
La Cábala es un camino válido para captar la Luz primordial, la del primer día de la Creación [que no es física, sino mística], con la que podremos ver los mundos espirituales “desde un extremo del Universo al otro”.

En el principio, era Ayín, el Dios Trascendental, contenedor de la Nada inmanifestada y absoluta. Ni siquiera existía el Tiempo, únicamente Ayín. De Él partió el Ayín Sof, el Dios Inminente, el Todo Absoluto carente de atributos. De su Divina Voluntad emanó el rayo Kav, transformado en Ttzimzum, que se manifestó en diez etapas de Emanación. Diez Palabras tomadas como zafiros creadores (Sefirot, plural; Sefirat, singular) que pueden entenderse como cifras o atributos de Dios y quedan dispuestas como un Árbol. Ese rayo manifestado en diez Sefirot se mantendrá eternamente hasta que vuelva a la Nada, fundiéndose con ella. Estas diez Sefirot se rigen por tres principios Divinos inmanifestados. Los llamados Esplendores ocultos o Zanzahot. Estos principios son la Voluntad primordial, la Misericordia y el rigor o Justicia. La Voluntad mantiene; la Misericordia, expande; y la justicia, contiene, ilustración 2.



Al límite del vacío, Keter o Corona, que contiene lo que fue, es y será; origen del Kav, y definido como “Yo soy el que soy”. De él, el rayo de luz Kav se expande tzimtzum bajo la influencia de la misericordia, la voluntad y la justicia para manifestar la Sabiduría [intelecto interior y activo] que son el destello del genio, la inspiración y la contracción. Esta Sabiduría genera el Entendimiento [pasivo] receptivo y reflexivo, que se manifiesta a través de la razón y de la tradición.
El Conocimiento es una no-Sefirat, y se denomina Daat, siendo la fusión de la Sabiduría y del Entendimiento. A través del Conocimiento, el Absoluto introduce su voluntad e interviene en la existencia, y somos capaces de ver y de saber, y así poder pasar de un pilar a otro, de la tolerancia al rigor, de lo expansivo a lo contractivo, de la Misericordia a la Justicia, de lo activo, positivo y masculino a lo pasivo, negativo y femenino. El rayo, así, experimenta un descenso y pasa al pilar del Equilibrio, manifestándose la Sefirat denominada Tiferet, Armonía o Belleza. En Tiferet se halla la esencia de las cosas, el corazón de los corazones o del Alma Divina. Esta Sefirat adquiere mucha importancia porque es la puerta de acceso a los niveles superiores de conocimiento. El Tiferet es el yo, el centro del universo que subyace en el yo cotidiano, el vigilante que canaliza las influencias inconscientes de las Sefirot superiores (como Sabiduría, Entendimiento, Misericordia y Justicia).



Por debajo de Tiferet el rayo manifiesta dos nuevos atributos, la Tnezat o Eternidad (que es activo, positivo y masculino) y Hod o Reverberación (que, por el contrario, es pasivo, negativo y femenino). Ambos Sefirot corresponden al nivel operativo de todo el Árbol Sefirótico, ilustración 3, donde se producirán los cambios correctivos en los procesos psíquicos y biológicos.
En un nivel más elemental, por debajo del nivel instrumental se halla la Sefirat denominada Yesod o Fundamento. A través de ella se manifiestan otros árboles Sefiróticos, menos evolucionados, conectando directamente con Malkhut, opuesto a Keter.
Yesod tiene función de espejo, pues bajo Tiferet se pueden obtener imágenes de imágenes y esto es básico porque permite vernos reflejado en él, y conocer de primera mano la imagen que proyectamos de nosotros mismos, la que perciben los demás, y así conocer nuestros propios defectos y aplicar las correcciones necesarias para crecer espiritualmente. Dependiendo de la pureza de Yesod, del espejo, éste reflejará una imagen nítida o distorsionada. Debemos mantenerlo siempre limpio practicando la sinceridad con nosotros mismos, aplicándonos disciplinas de cumplimientos de objetivos y fines, sin dejarnos arrastrar por el desánimo.
Malkhut, o Reino, es donde se comienza la ascensión del rayo relampagueante. Durante la misma, el rayo es la Shekinah y percibimos la presencia de Dios en la materia. Malkhut, opuesto a Keter, no es el fin o el principio. No es sólo el punto, sino también el Círculo. De él proceden todas las cosas, y a él retornan. Es la semilla que contiene en sí a todo un bosque de árboles. Siendo el último de las Sefirot incluye a todas las Sefirot del nivel inferior, actuando como un Keter de un nivel inferior, porque Malkhut es el reflejo de Keter y Keter lo es de Malkhut.

Símbolos Angelicales y sus Relaciones

Los Símbolos Angelicales que he creado gracias a la ayuda de los Ángeles y Arcángeles, tienen sus respectivas posiciones de acuerdo a las Sefiroth del Árbol de la Vida, Los Siete Chakras Principales y los Siete Sacramentos Cristianos, diferenciando el "Pensar", "Sentir" y "Actuar" de cada uno.
En el diagrama de más abajo se pueden apreciar su distribución.
Si bien sólo puse los Símbolos Angelicales Lumínicos, estos van con su correspondiente Obscuro.
Como pueden ver, cada Sefirá, le corresponde dos Símbolos Angelicales Lumínicos con sus respectivos Obscuros, lo que implica que para cada Chakra y Sacramento, puede que le correspondan cuatro o dos Símbolos Angelicales Lumínicos, con sus respectivos Obscuros, de acuerdo al orden de las Sefiroth.
Hay que recordar, que estos Símbolos Angelicales eliminan bloqueos tanto en nuestros cuerpos físicos, como energéticos, energizando y activando nuestros chakras, elevando nuestra frecuencia y eliminando cargas negativas de nuestra aura y de las células de nuestro cuerpo, poniendo en marcha un proceso de auto sanación.
Estos, pueden ser colocados tanto delante del cuerpo, atrás, como en sus costados.






Los Diez Mandamientos y sus Relaciones


En la Biblia (escritura sagrada de judíos, cristianos, y referencia del islam) el profeta Moisés (aprox. 1250 a. C.) recibió directamente de manos del dios Yahveh, “escritas con su dedo”, una lista de órdenes o mandamientos que los israelitas debían respetar: los Diez Mandamientos. El nombre decálogo, con que suelen designarse, procede de la fórmula griega δεκάλογος (dekalogos: ‘diez palabras’) con que se citan en la Septuaginta, la versión griega tradicional de la Biblia, tanto en el Éxodo 34:28, como en el Deuteronomio 10:4.
De acuerdo con dichas escrituras, Moisés subió al Monte Sinaí y permaneció en su cima cuarenta días y cuarenta noches, al cabo de los cuales le dio Dios escritos en dos tablas de piedra los Diez Mandamientos. Cuando bajaba del monte, vio al pueblo que estaba adorando un becerro de oro y enfurecido las rompió. Posteriormente, pidió a Dios que perdonase al pueblo y sellase con él un «convenio» (pacto o alianza). Entonces, el Señor ordenó a Moisés que tomara dos lajas de piedra, y en ellas quedaron escritos los Diez Mandamientos del pacto, reconviniéndole que “no deben tolerar la desobediencia”.
Los Diez Mandamientos son una expresión de la ley natural, con la excepción del primero y el tercero.  Algunas partes del Decálogo se encuentran en las leyes de otras religiones antiguas. Sin embargo los Diez Mandamientos superan a los otros códigos morales de la antigüedad por su monoteísmo explícito, su doctrina sobre la grandeza y bondad de Dios y por las obligaciones morales que se extienden hasta los deseos íntimos del corazón.

Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios son el fundamento irreversible de la moral y estos son:
  • Amarás a Dios sobre todas las cosas.
  • No tomarás el Nombre de Dios en vano.
  • No harás imágenes, ni las adorarás.
  • Santificarás las fiestas.
  • Honrarás a tu padre y a tu madre.
  • No matarás.
  • No cometerás actos impuros (adulterio).
  • No robarás.
  • No dirás falso testimonio ni mentirás.
  • No codiciarás los bienes ajenos.


En la religión judía, en la Torá, los Diez Mandamientos están divididos del siguiente modo:
Dios dijo todas estas palabras:
  • "Yo soy el Eterno, tu Dios, quien te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud".
  • "No tendrás ni reconocerás a otros dioses en mi presencia fuera de mí. No te harás una imagen tallada ni ninguna semejanza de aquello que está arriba en los cielos ni abajo en la tierra ni en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos ni los adorarás, pues yo soy el Eterno, tu Dios, el único Dios, quien tiene presente el pecado de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación con mis enemigos; pero quien muestra benevolencia con miles de generaciones a aquellos que me aman y observan mis preceptos".
  • "No tomarás para jurar en el nombre del Eterno, tu Dios, en vano, pues el Eterno no absolverá a nadie que tome su nombre en vano".
  • "Recuerda el día de shabat, para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu labor; mas el séptimo día es shabat para el Eterno, tu Dios; no harás ninguna labor, tú, tu hijo, tu hija, tu esclavo, tu sirvienta, tu animal y tu converso dentro de tus puertas, pues en seis días el Eterno hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y descansó el séptimo día. Por eso, el Eterno bendijo el día de shabat y lo santificó".
  • "Honra a tu padre y tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Eterno, tu Dios, te da".
  • "No asesinarás al inocente".
  • "No cometerás adulterio".
  • "No robarás".
  • "No levantarás falsos testimonios sobre tu prójimo".
  • "No codiciarás los bienes ajenos".


Relación con el Árbol de la Vida, los Pecados Capitales, Sacramentos y los Chakras:

A su vez, como hemos vistos en los artículos anteriores, los Diez Mandamientos también se relacionan con los Sacramentos, los Chakras, las Sefiroth del Árbol de la Vida, la Astrología y los Pecados Capitales, como señala la tabla siguiente:







Relación entre Los 7 Sacramentos, El Árbol de la Vida y Los Chakras



La mayoría de las tradiciones religiosas y culturales, desde los antiguos griegos e hindúes hasta los chinos y los mayas, consideran divino el origen de la conciencia humana, el espíritu o el poder.
El hilo común a todos los mitos espirituales es que los seres humanos nos vemos inevitablemente impulsados a fusionar nuestro cuerpo con la esencia de Dios, que deseamos tener lo Divino en los huesos y en la sangre, en nuestra composición mental y emocional.

Los chakras están alineados verticalmente desde la base de la columna hasta la coronilla, para indicar que ascendemos hacia lo Divino a medida que aprendemos a dominar el influjo seductor del mundo material. En cada estadio, adquirimos una mayor comprensión de nuestro poder personal y espiritual, puesto que cada chakra representa una lección espiritual o un desafío común a todos los seres humanos.
Aunque el sistema de chakras se desarrolló en Oriente y constituyó la base para ciertas enseñanzas hindúes, budistas y racistas, los tipos de energía que describen se corresponden con la energía definida por los sefirot cabalísticos del árbol de la vida y por los siete sacramentos cristianos.
La correspondencia entre estas tres tradiciones nos lleva a comprender que la espiritualidad es mucho más que una necesidad psíquica y emocional: es una necesidad biológica innata. Nuestro espíritu, nuestra energía y nuestro poder personal son una sola y única fuerza.
Las siete verdades sagradas que comparten estas tradiciones están en el núcleo de nuestro poder espiritual. Nos enseñan la forma de orientar el poder, o fuerza vital, que circula por nuestro organismo. En efecto, encarnamos esas verdades en nuestros siete centros de poder; forman parte de nuestro sistema interno de orientación física y espiritual, y al mismo tiempo son un sistema externo de orientación para nuestro comportamiento espiritual y para la creación de salud. Nuestra tarea espiritual en esta vida consiste en aprender a equilibrar las energías del cuerpo y el alma, del pensamiento y la acción, del poder físico y el poder mental. Nuestro cuerpo contiene una plantilla o programa inmanente para la curación.
Ver el problema dentro de un marco espiritual acelera el proceso de curación, porque añade una dimensión de sentido y finalidad a sus crisis y las capacita para contribuir a curarse a sí mismos; co-crean su salud y re-crean su vida. Puesto que el estrés humano siempre corresponde a una crisis espiritual y es una oportunidad de aprendizaje espiritual, casi cualquier enfermedad permite una nueva percepción respecto al uso, mal uso o mala dirección del espíritu o poder personal.
Las sietes verdades sagradas de la cábala, los sacramentos cristianos y los chakras hindúes apoyan nuestra transformación gradual en adultos espirituales conscientes. Estas enseñanzas literales y simbólicas redefinen la salud espiritual y biológica y nos sirven para entender lo que nos mantiene sanos, lo que nos hace enfermar y lo que contribuye a sanarnos.
Las siete verdades espirituales trascienden las fronteras culturales, y en el plano simbólico constituyen un mapa de carreteras para nuestro viaje por la vida, un mapa de carreteras impreso en nuestro diseño biológico. Una y otra vez los textos sagrados nos dicen que la finalidad de la vida es comprender y desarrollar el poder del espíritu, poder que es esencial para nuestro bienestar mental y físico. Abusar de este poder agota el espíritu y arrebata fuerza vital al cuerpo físico.
Dado que la energía divina es inherente a nuestro organismo biológico, todo pensamiento que nos pasa por la mente, toda creencia que alimentamos, todo recuerdo al que nos aferramos, se traduce en una orden positiva o negativa a nuestro cuerpo y espíritu. Es magnífico vernos a través de estas lentes, pero también resulta apabullante, puesto que ninguna parte de nuestra vida o nuestros pensamientos es impotente, ni siquiera privada. Somos creaciones biológicas de diseño divino. Una vez que esta verdad forma parte de nuestra conciencia, no podemos seguir llevando una vida corriente.

El poder simbólico de los siete chakras
Según enseñan las religiones orientales, en el cuerpo humano hay siete centros de energía. Cada uno de ellos contiene una enseñanza espiritual universal para la vida, que hemos de ir aprendiendo a medida que evolucionamos hacia una conciencia superior. Esta antiquísima y sagrada forma de representación describe con extraordinaria exactitud el sistema energético humano, con sus hábitos y tendencias.
El sistema de chakras es una representación arquetípica del proceso de maduración de la persona a través de siete fases claras y diferentes. Los chakras están alineados verticalmente desde la base de la columna hasta la coronilla, lo que sugiere que ascendemos hacia lo divino dominando poco a poco la seductora atracción del mundo físico. En cada fase perfeccionamos un poco más el entendimiento del poder personal y espiritual, puesto que cada chakra representa una enseñanza de vida o un desafío común a todos los seres humanos. A medida que la persona va dominando cada chakra, va adquiriendo un poder y un conocimiento de sí misma que se integra en su espíritu y la hace avanzar por el camino que conduce hacia la conciencia espiritual, a semejanza del clásico viaje del héroe.
Ver en más detalle mi publicación LOS CHAKRAS.

El Poder simbólico de los Sacramentos Cristianos
La iglesia cristiana primitiva identificó siete sacramentos, o ritos reconocidos oficialmente, que serían realizados por sus dirigentes ordenados.
Estos siete sacramentos eran, y siguen siendo, ceremonias sagradas que imprimen (para emplear el lenguaje cristiano) caracteres concretos de «gracia o energía divina». Cada carácter de gracia corresponde a un único sacramento. Si bien actualmente los siete sacramentos se asocian principalmente con la iglesia católica romana, otras tradiciones cristianas han conservado muchos de ellos, por ejemplo, el bautismo, el matrimonio y la ordenación sacerdotal o sacerdocio.
En su sentido simbólico, cada sacramento representa también una fase de capacitación que invita a lo Divino, a penetrar en el espíritu de la persona. La propia palabra «sacra­mento» significa un rito que pide al poder de lo sagrado que entre en el alma de la persona. El sentido simbólico de los sacramentos trasciende su sentido religioso.
Los sacramentos presentan tareas simbólicas para crecer hasta una madurez espiritual y para obtener la curación, pero también son concretos en su descripción de lo que hemos de hacer en las principales fases de la vida para aceptar la responsabilidad personal que acompaña a la madurez espiritual. Los sacramentos también son los actos que hemos de realizar junto con los ritos que se realizan en nosotros. Representan los poderes que hemos de conceder a los demás y recibir de ellos.
Consideremos el sacramento del bautismo, por ejemplo, por el cual una familia acepta la responsabilidad física y espiritual de un hijo que ha traído al mundo. Nuestro reto, como adultos espirituales, es aceptar simbólica, totalmente y con gratitud a la familia en que nacimos.
En este sentido simbólico, el bautismo también significa honrar, respetar a nuestra familia y respetarnos a nosotros mismos, perdonando a nuestros familiares cualquier pena o sufrimiento que nos causaron durante nuestra infancia.
El poder contenido en ese perdón es precisamente el poder que sana al cuerpo.
Estas siete fases de iniciación personal representan los poderes innatos que hemos de hacer realidad, los poderes que hemos de emplear conscientemente afrontando los retos que nos presenta la vida.
Ver en más detalle mi publicación Los 7 Sacramentos.

El poder simbólico de las diez Sefirot
Las diez sefirot, o árbol de la vida de la cábala, comprenden una enseñanza compleja que fue evolucionando a lo largo de muchos siglos, una enseñanza increíblemente análoga a la de los chakras y sacramentos. En la cábala medieval, las diez sefirot describen las diez cualidades de la naturaleza divina. Dado que tres de estas cualidades están emparejadas con otras tres, en realidad las diez cualidades se pueden agrupar en siete planos o niveles, que suelen representarse en forma de un mítico árbol de la vida invertido, con las raíces arriba, en el cielo.
Aunque el judaísmo defiende el rostro más abstracto de Dios, las diez sefirot describen todo lo que es permisible de la personalidad de Yahvé.
A diferencia de otras tradiciones religiosas, el judaísmo jamás consideró que sus profetas fueran encarnaciones directas de lo Divino. El budismo, en cambio, comienza con un hombre, Siddhartha, que fue ungido para llevar el mensaje de la iluminación a la gente de la tierra; el budismo no describe a un Dios semejante a un ser humano, pero el hinduismo tiene muchos dioses que han venido a la tierra, y el cristianismo tiene al «hijo de Dios» que vivió treinta y tres años entre los hombres.
Las diez sefirot son las cualidades de lo Divino que también conforman al ser humano arquetípico. Estas cualidades se interpretan a la vez como la esencia de Dios y como caminos por los cuales podemos volver a Dios. Cada cualidad representa un progreso hacia una revelación más poderosa de los «nombres» o «rostros» de Dios.
Estas diez cualidades suelen describirse como vestiduras del Rey, vestiduras que nos permiten mirar al Rey, la fuente de la luz divina, sin cegarnos. La otra imagen, el árbol invertido, simboliza que las raíces de esas diez cualidades están profundamente arraigadas en una naturaleza divina que nos atrae de vuelta al ciclo mediante la oración, la contemplación y las obras. Nuestra tarea es ascender a nuestra fuente divina desarrollando esas diez cualidades en nuestro interior.
Ver en más detalle mi publicación El Árbol de la Vida.

Las cualidades de los sacramentos cristianos, las diez sefirot y el sistema de chakras son prácticamente idénticas. La única diferencia está en la forma de numerar los poderes. Mientras los sacramentos y los chakras ponen el número uno en la base y cuentan hacia arriba, las diez sefirot ponen el número uno arriba (las raíces del árbol) y cuentan hacia abajo.
Aparte de eso, las cualidades atribuidas a cada uno de los siete niveles o planos son casi idénticas.
Si logramos sentir y comprender el poder simbólico contenido en todas estas tradiciones, habremos comenzado a utilizar el poder de la visión simbólica y comprenderíamos a la teología como una ciencia de la curación del cuerpo, la mente y el espíritu.
Combinar la sabiduría del sistema de chakras con el poder sagrado inherente a los sacramentos cristianos y las características divinas expresadas por las diez sefirot nos da una visión profunda de las necesidades del espíritu y cuerpo. Aquello que sirve al espíritu enaltece al cuerpo. Aquello que mengua el espíritu mengua el cuerpo.

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