¿Qué es la Meditación?

                 “Cuando la mente se ha calmado, aparece el Yo en su verdadero estado y no tenemos que hacer el más mínimo esfuerzo para percibirlo”.
 (Swami Paramananda)

Nuestra mente es, en verdad, casi la única fuente de nuestros placeres y dolores, de nuestros fracasos y éxitos, de nuestro bienestar y de nuestras enfermedades, por ello nuestro deber es entenderla y vigilarla para que no domine nuestras vidas si deseamos vivir plenamente la vida. Éste es el lema de la meditación.
Carl Jung lo explicaba muy bien en la teoría de la "sombra" que todos llevamos dentro. En ella nos hacía llegar parte de sus enseñanzas con Freud. Jung llama "sombra" a nuestro ego, que está en completa relación con nuestra mente y con nuestro subconsciente donde se esconden todos nuestros monstruos que hacen de nuestra vida diaria un vaivén de emociones como la envidia, temor, alegría, tristeza, nervios, odio, vergüenza,... y que a su vez nos provocan diversas reacciones y acciones que nos mantienen en constante estrés interno, muy lejos de la paz interior que nos merecemos.
Pero esa es sólo una parte de nosotros, nuestra personalidad, no nuestro total. Por ello además de un ego, que podríamos decir que radica en el exterior de nosotros, existe un SER, lo que los hindúes y otras corrientes denominan YO SOY, que muy bien puede compararse con nuestro espíritu o nuestro centro. Esa parte de nosotros es totalmente pura, divina, perfecta y sabia. Es nuestro Yo verdadero.
Para entenderlo mejor, podríamos imaginarnos a nosotros mismos como una cebolla. Cada capa de la cebolla representaría a una parte de nuestro ego, de nuestra mente que deberíamos ir retirando poco a poco hasta llegar al corazón de este alimento que representaría a nuestro verdadero ser, allí oculto entre tanta capa, pero sustentador de todas ellas.
Cuantas más capas lográsemos quitar más nos acercaríamos a nuestro yo verdadero y por lo tanto mejor entenderíamos las cosas que nos suceden, quienes somos, qué hacemos aquí, cuál es el comportamiento adecuado, qué camino coger para no equivocarnos... y un sin fin de información verídica sobre las verdades universales en relación con nosotros y nuestra vida y con los demás y la suya. Cuanto más consigamos profundizar, cuanto más cerca estemos de nuestro ser o nuestro centro más conocimiento verídico obtendremos y por lo tanto nuestra capacidad de discernimiento será mayor consiguiendo que las emociones externas dejen de afectarnos, de manejarnos como marionetas, o como dirían los más teóricos, de alienarnos en los demás.
Así pues, ésta es la finalidad de la meditación, conseguir despejar nuestro ego y las imágenes mentales ficticias que creemos reales, para abrir el camino de nuestro ser a la consciencia, y conseguir estar el máximo tiempo posible actuando desde nuestro centro y no desde nuestro ego llevando así el entendimiento y la perfección a nuestras vidas.
Esto no significa que nuestra mente sea inútil, mentirosa y no traiga nada más que problemas. Lo que ocurre es que debemos entender que la mente ha de ser una herramienta más de la que disponemos para aprender en nuestra vida, y nunca dejar que la dirija ella sola, sino acompañada de nuestro ser y corazón.
Existen dos tipos de meditación narrados en los textos yóguicos a partir del primer milenio de nuestra era: la meditación informal y la meditación formal.
 La meditación informal tiene como objetivo la absorción total de uno mismo, la conexión absoluta con el cosmos y la comprensión total, pero es realmente difícil realizarla y pocos logran conseguirlo, por ello surgió la meditación formal en la que centramos la atención en un determinado objeto, sentimiento o idea elevados. Lejos siempre de cualquier deseo. De todas formas hoy en día se han descubierto numerosas técnicas más provenientes de todo el mundo, antiguas o nuevas. Aquí te propongo una de las más tradicionales.


PRÁCTICA DE MEDITACIÓN
Antes que todo, debes aprender a concentrarte y a visualizar un objeto, idea o sentimiento. Para comenzar con esta práctica es conveniente que realices el pequeño ejercicio que te propongo, todos los días, durante 5 minutos:
I)
1. Busca un lugar tranquilo y sitúate en una posición en la que te encuentres cómodo, pero con la columna vertebral recta.
2. Respira profundamente tres veces, y después comienza a respirar rítmicamente.
3. Comienza a observar detenidamente y sin distracción alguna un objeto que pondrás a tu alcance y que para ti represente algo elevado, como ejemplo utilizaremos la llama de una vela, pero también puede ser cualquier símbolo que para ti sea sagrado.
4. Tras un minuto de observación continua, pero relajada, y sin ningún pensamiento externo (sólo observar), cerraremos los ojos e intentaremos reproducir el objeto, en nuestro caso la llama de la vela en nuestra mente. Dibuja su contorno, su color, su luz, siente su calidez, ... Procura mantener la imagen el tiempo que puedas, pero si no eres capaz o te cuesta mucho porque la mente se te va a otros pensamientos, vuelve a abrir los ojos y observar el objeto, repitiendo la misma operación hasta que puedas mantenerla sin problemas.
5. Repite el ejercicio todos los días hasta que veas que dominas perfectamente la concentración y visualización, incluso sin el objeto delante. Cuando por fin hayas adquirido la capacidad de visualización y concentración comienza con un pequeño ejercicio de meditación.

II)
1. En un lugar tranquilo y en una posición cómoda, pero con la espina dorsal erguida, comienza a respirar rítmicamente.
2. Empieza a visualizar el objeto elegido y cuando lo tengas fijado perfectamente en tu mente con los ojos cerrados comienza a reflexionar sobre sus cualidades con un cálido sentimiento de afecto. Pondera su significado simbólico. En el ejemplo de la llama podemos reflexionar sobre la luz divina y eterna, que despeja toda oscuridad de nuestra vida, que aporta claridad, ... En fin, todo lo que se nos vaya ocurriendo. De modo que ya estás meditando, en nuestro ejemplo sobre la luz.
3. Es muy probable que en las primeras veces nuestro pensamiento se vaya desviando del origen, por ejemplo al pensar en la llama como luz quizá se nos venga el recuerdo de que tenemos que pagar su factura, comprar una bombilla, ... Es lo natural cuando empezamos, así que si eso nos sucede, procuraremos volver a relajarnos y respirar rítmicamente para comenzar de nuevo con la visualización y meditación. Cuando ya consigas dominar esta pequeña meditación estarás preparado para comenzar con ejercicios de mayor profundidad como el que te proponemos.

III)
1. En un lugar tranquilo adoptarás la posición de meditación por excelencia: piernas cruzadas, con ambas rodillas tocando el suelo y la columna vertebral en posición vertical. Las manos se colocan en posición "dhyana mudra" (sello de meditación), en la que la mano izquierda descansa con la palma hacia arriba sobre las piernas dobladas, y la mano derecha está colocada encima, con la palma hacia arriba, ambas con las yemas de los pulgares tocándose.
2. Visualiza el objeto que has escogido, en nuestro caso utilizaremos la llama de la vela. Una vez que lo tengas fijado en la mente, comienza con la pequeña meditación que practicaste antes reflexionando sobre lo que representa.
3. Una vez que sientas completa dicha meditación integra el objeto en ti, lo que has meditado en ti. Por ejemplo visualiza la llama en tu corazón y cómo irradia luz a todo tu ser, cómo se va expandiendo, cómo va disipando la niebla que hay a tu alrededor, cómo llega a todos los rincones oscuros, irradiando afecto hacia todos los seres, disipando toda sensación que no sea amor, disolviendo la imperfección y la enfermedad... Sigue profundizando hasta donde puedas llegar. Incluso a la unión de tu luz con la luz del cosmos.

Cuando consigas dominar un objeto determinado, como la llama de la vela puedes escoger otro e incluso integrarlo al anterior. Pero recuerda hacerlo sólo cuando ya hayas dominado el primero. Cuando veas que dominas la técnica sin problemas puedes intentar meditar sobre ideas abstractas, pero teniendo sumo cuidado en escoger asuntos positivos, buenos, nobles y elevados.


KUBERA MUDRA
Este mudra suele ser el primero que se aprende y, de hecho, pocas personas saben que realmente es un mudra muy poderoso. Se ha hecho especialmente famoso porque a mucha gente se lo han enseñado para encontrar aparcamiento, pero tiene muchas más propiedades. Su fuerza se deriva de la conexión de la energía de los tres primeros dedos y se ve potencializado cuando se hace con las dos manos.
Este mudra es algo mágico pues realmente no tiene una propiedad concreta mas la de concentrar toda la energía del cuerpo, la mente y el espíritu en algún deseo concreto, sea del tipo que sea, ayudando a conseguirlo.
Puedes realizarlo en una mano o en las dos, teniendo más potencia si lo realizas en ambas. No requiere de una posición corporal concreta de manera que puedes realizarlo tanto tumbado, sentado, o como quieras.
Para formar el mudra sólo tienes que juntar las yemas de los dedos gordo, índice y medio; y doblar hacia el centro de la palma de la mano los dedos anular y meñique.
Te recomiendo que acompañes este mudra con alguna visualización sobre lo que deseas o alguna afirmación e incluso con algún decreto.


AL HACER TUS PETICIONES, O AL HACER UN DECRETO
Si piensas en el poder de Dios, verás que es infinito.  Piensa que la tarea de los arcángeles y de las legiones de luz consiste en obedecer tus órdenes, tus oraciones, tus decretos, respondiéndote, cumpliendo con ellos mientras que pidas este acuerdo con la voluntad de Dios.
Mientras bendigas a la Vida, pidiendo la protección de Ella, pidiendo curación y sanación, Dios te responderá por medio de sus ángeles, de acuerdo con lo que es lícito, con Su propia voluntad para ti, con tu karma.
Algunas veces, nuestro karma exige que suframos durante un tiempo, como Jesús sufrió en y con su cuerpo por un tiempo, para que podamos obtener una mejor resurrección.
No nos enojemos con Dios en caso de que no cumpla nuestras peticiones, ya que sólo Él sabe si correspondían para nosotros o no, de acuerdo a nuestro karma y nuestros procedimientos en nuestra vida.  Nos dirigiremos a Él, haciendo nuestras peticiones, entregados y agradecidos por cualquier cosa que sea la respuesta o resolución que nos dé, por las lecciones que debamos aprender en la vida.
Cuando hagas una petición o des un decreto, no debes, ni tienes que reducirte a tu mundo.  Recuerda que, las que emitas desde el centro de tu corazón, pueden alcanzar, fácilmente, tanto a una persona, como al total de los habitantes de este hermoso planeta en que vivimos.

Los Diez Mandamientos y sus Relaciones


En la Biblia (escritura sagrada de judíos, cristianos, y referencia del islam) el profeta Moisés (aprox. 1250 a. C.) recibió directamente de manos del dios Yahveh, “escritas con su dedo”, una lista de órdenes o mandamientos que los israelitas debían respetar: los Diez Mandamientos. El nombre decálogo, con que suelen designarse, procede de la fórmula griega δεκάλογος (dekalogos: ‘diez palabras’) con que se citan en la Septuaginta, la versión griega tradicional de la Biblia, tanto en el Éxodo 34:28, como en el Deuteronomio 10:4.
De acuerdo con dichas escrituras, Moisés subió al Monte Sinaí y permaneció en su cima cuarenta días y cuarenta noches, al cabo de los cuales le dio Dios escritos en dos tablas de piedra los Diez Mandamientos. Cuando bajaba del monte, vio al pueblo que estaba adorando un becerro de oro y enfurecido las rompió. Posteriormente, pidió a Dios que perdonase al pueblo y sellase con él un «convenio» (pacto o alianza). Entonces, el Señor ordenó a Moisés que tomara dos lajas de piedra, y en ellas quedaron escritos los Diez Mandamientos del pacto, reconviniéndole que “no deben tolerar la desobediencia”.
Los Diez Mandamientos son una expresión de la ley natural, con la excepción del primero y el tercero.  Algunas partes del Decálogo se encuentran en las leyes de otras religiones antiguas. Sin embargo los Diez Mandamientos superan a los otros códigos morales de la antigüedad por su monoteísmo explícito, su doctrina sobre la grandeza y bondad de Dios y por las obligaciones morales que se extienden hasta los deseos íntimos del corazón.

Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios son el fundamento irreversible de la moral y estos son:
  • Amarás a Dios sobre todas las cosas.
  • No tomarás el Nombre de Dios en vano.
  • No harás imágenes, ni las adorarás.
  • Santificarás las fiestas.
  • Honrarás a tu padre y a tu madre.
  • No matarás.
  • No cometerás actos impuros (adulterio).
  • No robarás.
  • No dirás falso testimonio ni mentirás.
  • No codiciarás los bienes ajenos.


En la religión judía, en la Torá, los Diez Mandamientos están divididos del siguiente modo:
Dios dijo todas estas palabras:
  • "Yo soy el Eterno, tu Dios, quien te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud".
  • "No tendrás ni reconocerás a otros dioses en mi presencia fuera de mí. No te harás una imagen tallada ni ninguna semejanza de aquello que está arriba en los cielos ni abajo en la tierra ni en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos ni los adorarás, pues yo soy el Eterno, tu Dios, el único Dios, quien tiene presente el pecado de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación con mis enemigos; pero quien muestra benevolencia con miles de generaciones a aquellos que me aman y observan mis preceptos".
  • "No tomarás para jurar en el nombre del Eterno, tu Dios, en vano, pues el Eterno no absolverá a nadie que tome su nombre en vano".
  • "Recuerda el día de shabat, para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu labor; mas el séptimo día es shabat para el Eterno, tu Dios; no harás ninguna labor, tú, tu hijo, tu hija, tu esclavo, tu sirvienta, tu animal y tu converso dentro de tus puertas, pues en seis días el Eterno hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y descansó el séptimo día. Por eso, el Eterno bendijo el día de shabat y lo santificó".
  • "Honra a tu padre y tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Eterno, tu Dios, te da".
  • "No asesinarás al inocente".
  • "No cometerás adulterio".
  • "No robarás".
  • "No levantarás falsos testimonios sobre tu prójimo".
  • "No codiciarás los bienes ajenos".


Relación con el Árbol de la Vida, los Pecados Capitales, Sacramentos y los Chakras:

A su vez, como hemos vistos en los artículos anteriores, los Diez Mandamientos también se relacionan con los Sacramentos, los Chakras, las Sefiroth del Árbol de la Vida, la Astrología y los Pecados Capitales, como señala la tabla siguiente:







¿Qué son los Siete Pecados Capitales?


Pecado (del latín peccātum) es la transgresión voluntaria de un precepto tenido por bueno.
Para los griegos, pecado se decía hamartia: ‘fallo de la meta, no dar en el blanco’. Aludía al concepto de vivir al margen de lo esencial debido a una actitud errónea no consciente.
Antes que los griegos y con anterioridad al arameo, el término pecado tenía el significado de ‘olvido’. Olvido de algo que estaba presente, "olvido" como dejar a un lado. No tener presente a algo o alguien que en ese momento, por diversas razones, se lo dejaba a un costado.
El concepto religioso aún vigente de pecado como ‘delito moral’ alude a la trasgresión voluntaria de normas o preceptos religiosos. Dado que existen innumerables normas de este tipo, existen innúmeros pecados, a los cuales se les asigna mayor, menor o ningún castigo según las distintas creencias.

El término “capital” no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados.

“Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. […] Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana caída está principalmente inclinada.”
(Santo Tomás de Aquino)

Los Siete Pecados Capitales, al igual que las creencias y formas de actuar de las personas, han ido evolucionando con el transcurso del tiempo. Esto ha sido posible gracias a la falta de definición concisa de ellos. Al existir diferentes textos sobre estos temas, la interpretación de ellos ha facilitado esta involución.

En contraste con nuestra época, la ética medieval poseía claras delimitaciones. De esta manera el hombre medieval cuenta con una suerte de código de conducta que le señalaba claramente cómo debía ser su actuar. Esta codificación tiene su base, por un lado,  en las llamadas “Virtudes Cardinales”, verdaderas llaves maestras que posibilitaban el ejercicio de una conducta conforme con lo que se consideraba éticamente correcto. Por otro lado, los “Pecados Capitales” (denominados así por ser “cabeza” o principio de todos los demás pecados)  muestran claramente la cuna de todo lo moralmente reprobable. Esta codificación moral, que si bien fue formulada en el Medioevo, tiene una sorprendente similitud a la actualidad. Está cruzada transversalmente por una problemática ética fundamental: la posibilidad de acoger hospitalariamente al “otro”, al prójimo (el que está próximo) como una persona válida por sí misma. Dicho de otra manera el entender a los seres humanos que están frente a mí, cualquiera sea su condición, como un “interlocutor válido”, como un fin en sí mismo.  Lo que verdaderamente constituye el mal moral es entender al “otro” como un “medio”, como un objeto que puede ser utilizado para el propio beneficio, en conformidad al principio del “amor a sí mismo”.

Como todo en esta vida, los Siete Pecados Capitales tienen sus contrarios, en este caso están “las Siete Virtudes”. Estas virtudes ayudan a contrarrestar, de alguna manera, las tentaciones de cada uno de los Pecados Capitales.

Aunque no se crea, cada uno de estos pecados están estrechamente ligados con cada uno de los Siete Sacramentos, por ende, a cada uno de los Siete Chakras principales.  En otras palabras, los Siete Pecados Capitales, son representaciones de un mal procedimiento de uno mismo respecto a nuestro entorno y  de la vida.

Estos son:

1.- La Pereza (Acidia).
 Es el más “metafísico” de los Pecados Capitales en cuanto está referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia en cuanto tal. Es también el que más problemas causa en su denominación. La simple “pereza”, más aún el “ocio”, no parecen constituir una falta. He preferido, por esto, el concepto de “acidia” o “acedía”.  Tomado en sentido propio es una “tristeza de ánimo” que nos aparta de las obligaciones espirituales y divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el corazón, desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital.
Tomada en sentido estricto en cuanto se opone directamente a la caridad que nos debemos a nosotros mismos y al amor que debemos a Dios. De esta manera, si deliberadamente y con pleno consentimiento de la voluntad, nos entristecemos o sentimos desgano de las cosas a las que estamos obligados; por ejemplo, al perdón de las injurias, a la privación de los placeres carnales, entre otras; la acidia es pecado grave porque se opone directamente a la caridad de Dios y de nosotros mismos.
Considerada en orden a los efectos que produce, si la acidia es tal que hace olvidar el bien necesario e indispensable a la salud eterna, descuidar notablemente las obligaciones y deberes o si llega a hacernos desear que no haya otra vida para vivir entregados impunemente a las pasiones, es sin duda pecado mortal.
Son efectos de la pereza:
  • La repugnancia y la aversión al bien que hace que este se omita o se practique con notable defecto.
  • La inconsistencia en el bien, la continúa inquietud e irresolución del carácter que varía, a menudo, de deseos y propósitos, que tan pronto decide una cosa como desiste de ella, sin ejecutar nada.
  • Una cierta pusilanimidad y cobardía por la cual el espíritu abatido no se atreve a poner manos a la obra y se abandona a la inacción.
  • La desesperación de considerar que la salvación es imposible, de tal manera que lejos de pensar el hombre en los medios de conseguirla se entrega sin freno alguno a sus propias pasiones.
  • La ociosidad, la fuga de todo trabajo, el amor a las comodidades y a los placeres.
  • La curiosidad o desordenado prurito de saber, ver, oír, que constituye la actividad casi exclusiva del perezoso.

 En el fondo, la acidia se identifica con el “aburrimiento”. Pero no con ese aburrimiento objetivo que nos hace escapar de una cosa, de una situación o de una persona en particular. Más bien se refiere al “aburrimiento” que sentimos frente a la existencia toda, frente al hecho de existir y de todo lo que esto implica. La vida nos exige trabajo, esfuerzo para actuar según lo que se debe, esfuerzo que no es ni gratuito ni fácil. Cuando no somos capaces de asumir este costo (este trabajo) y desconocemos aquello que debemos “hacer” en la existencia, la vida humana se transforma en un vacío que nos causa “horror”; se transforma en un vacío que nos angustia y del cual escapamos constantemente casi sin darnos cuenta. De hecho ‘aburrimiento’ significa originariamente “ab horreo” (horror al vacío).
En conclusión, la pereza o acidia es el más metafísico de los pecados capitales porque implica no asumir los costos de la existencia, de escapar constantemente de hacer lo que se debe, por no saber lo que se debe.
El remedio radical o Virtud contra la Pereza es la Diligencia o Laboriosidad, que es prontitud, cuidado y eficiencia en el cumplimiento del deber.
Compromete al:
Sacramento del Bautismo.
Primer Chakra: Muladhara.


2.- La Lujuria.
Tradicionalmente se ha entendido la lujuria como “appetitus inorditatus delectationis venerae”, es decir, como un apetito desordenado de los placeres eróticos. La tradición cristiana subdividió este pecado en la simple fornicación, el estupro, el rapto, el incesto, el sacrilegio, el adulterio, el pecado contra la naturaleza, comprendiendo bajo esta última especie, la polución voluntaria, la sodomía y la bestialidad. La lujuria sería siempre un “pecado mortal” pues involucra directamente la utilización del otro, del prójimo, como un medio y un objeto para la satisfacción de los placeres sexuales.
Hay en este pecado dos grandes principios en juego: el verdadero concepto del amor y la finalidad de la sexualidad.
El cristianismo (y gran parte de la tradición clásica especialmente la griega), entienden por “amor” algo muy distinto de lo que el mundo contemporáneo comprende. El concepto de amor tiene una importancia central en el cristianismo. De hecho Dios mismo es identificado con el amor. Para el cristiano el amor es “superabundancia”, capacidad de dar y de darse, “caritas”, en definitiva: caridad, una de las tres Virtudes Teologales. De esta manera el amor implica un donarse, un darse por el otro, por el prójimo. Recordemos la segunda parte del único mandamiento que anuncia el Nuevo Testamento: “...amar al prójimo como a sí mismo”. El amor cristiano, y también el griego, está, de esta forma, desligado en su origen de cualquier tipo de sexualidad, incluso de la corporeidad. Lo erótico es una consecuencia, un plus totalmente prescindible. La casi sinonimia entre amor y sexo es producto de la modernidad. El “hacer el amor” como sinónimo de “relación sexual” es el mejor ejemplo de lo anterior. La Lujuria sería, entonces, totalmente contraria al amor (y a Dios) entendido en términos cristianos. El pecado de la lujuria no considera al otro como una “persona” válida y valiosa en sí misma, como un fin en sí misma por el cual tendríamos que darnos. El otro pasa a ser un objeto, una cosa que satisface la más fuerte de las satisfacciones corporales: el placer sexual. Aun más, el sujeto mismo que incurre en un acto lujurioso se convierte, así, en un objeto, que olvida o suspende su propia dignidad. Por otro lado, para el pensamiento cristiano la sexualidad tiene una finalidad preestablecida, única y clara. La reproducción y la perpetuación de la especie. Esta clara finalidad da también sentido a la existencia del hombre ordenado su acción en vista del amor de Dios. La lujuria, en cambio, que no tiene en vistas la finalidad de la reproducción y que por esto pierde todo sentido, se convierte en una acción vacía, sin sentido, que de alguna manera convierte al hombre en nada y lo aleja del Ser de Dios.
El remedio radical o Virtud contra la lujuria es la Castidad, que consiste en el dominio de sí, en la capacidad de orientar el instinto sexual al servicio del amor y de integrarlo en el desarrollo de la persona.
Compromete al:
Sacramento de la Primera Comunión.
Segundo Chakra: Svadhisthana.


3.-  La Gula.
Este pecado es definido como “el uso inmoderado de los alimentos necesarios para la vida”. La definición teológica se complementa con que el placer o deleite que acompaña al uso de los alimentos, nada tiene de malo; al contrario, es el efecto de una providencia especial de Dios para que el hombre cumpliese más fácilmente  con el deber de su propia conservación. Prohibido es, empero, comer y beber hasta saciarse por ese solo deleite que se experimenta. De esta manera, la religiosidad latina especifica estas faltas en:
Proepropere: comer antes de tiempo o cuando se debe abstener de comer, por ejemplo en los días de ayuno señalados por la Iglesia;
Laute: cuando se comen manjares que superan las posibilidades económicas de la persona;
Nimis: cuando se bebe o se come en perjuicio de la salud de la persona;
Ardenter: cuando se come con extrema voracidad o avidez a manera de las bestias.
La gula se transforma en pecado en los siguientes casos:
  • Cuando por el solo placer de comer se llega al hurto o se reduce a la familia a la mendicidad.
  • Cuando el deleite en el comer se reduce a un fin único y preponderante en la vida.
  • Cuando es causa de graves pecados como la lujuria y la blasfemia.
  • Cuando trasgrede los preceptos de la Iglesia en los días de ayuno y de abstinencia de ciertos alimentos.
  • Cuando se provoca voluntariamente el vómito para continuar el deleite de la comida.
  • Cuando se auto infiere grave daño a la salud o sufrimiento a sí mismo y a los que lo rodean.

Además de lo dicho por la teología tradicional, la gula tiene un aspecto que  no debemos dejar de considerar. La gula es la manifestación física de un apetito más profundo y significativo. El que cae en las tentaciones de la gula, no sólo quiere consumir comida. Quiere, de alguna manera, ingerir todo el universo. Asimilar, hacer suyo todo lo exterior, reducir todo lo otro a sí mismo. En este sentido la gula se mimetiza estrechamente con la lujuria, se trata de poner por sobre lo otro, reducirlo, objetivarlo y hacerlo suyo. De esta manera  el “glotón” se transforma en el único centro de referencia, en conformidad con el principio del amor a sí mismo. El asimilar, reducir el universo y al prójimo en general y, en particular, a sí mismo, que es la más radical negación del otro.
El remedio radical o Virtud contra la Gula es la Templanza, que regula la atracción por los placeres y procura el equilibrio en el uso y disfrute de los bienes creados, asegurando el dominio de la voluntad sobre los instintos y manteniendo los deseos en los límites de la honestidad.
Compromete al:
Sacramento de la Confirmación.
Tercer Chakra: Manipura.


4.- La Ira.
“Appetitus inordinatus vindictae” es decir, un “apetito desordenado de venganza”. “Que se excita –continua la definición latina– en nosotros por alguna ofensa real o supuesta. Requiérase, por consiguiente, para que la ira sea pecado, que el apetito de venganza sea desordenado, es decir, contrario a la razón. Si no entraña este desorden no será imputado como pecado”. De esto último se desprende que habría una ira “buena y laudable” si no excede los límites de una prudente moderación y tiene como fin suprimir el mal y restablecer un bien. Por ende, el apetito de venganza es desordenado o contrario a la razón y, por consiguiente, la ira es pecado cuando se desea el castigo al que no lo merece, o si se le desea mayor al merecido, o que se le infrinja sin observar el orden legítimo, o sin proponerse el fin debido que es la conservación de la justicia y la corrección del culpable. Hay también pecado en la aplicación de la venganza, aunque esta sea legítima, cuando uno se deja dominar por ciertos movimientos inmoderados de la pasión. De esta manera la ira se convierte en pecado gravísimo porque vulnera la caridad y la justicia. Son hijos de la Ira: el maquiavelismo, el clamor, la indignación, la contumelia, la blasfemia y la riña.
De la  definición anterior se desprende que la ira es el uso de una fuerza directa o verbal que trasgrede los límites de la legítima restitución de un bien ofendido. La violencia, entendida como el uso de la fuerza, si es desmedida, es claramente una anulación del otro. En el leguaje, mediante la ofensa o el improperio, encontramos también el deseo de perjuicio e, incluso, de nulidad del otro.
Es importante hacer notar que el uso de la fuerza en contra del prójimo no siempre es un mal moral. Debe ser entendida como un mal menor si el fin por el cual se realiza no es sólo la anulación del otro sino que persigue fines legítimos como la conservación de la vida propia o de terceros. Tal es el caso de la “guerra legítima” que procura evitar la propia muerte o la privación de la legítima libertad a mano de un invasor, la legítima defensa. El uso de la fuerza se justifica también cuando se procura, con esto, el bien del otro, evitando de esta manera un daño mayor que el dolor que se infringe.
La ira se convierte en pecado gravísimo cuando nuestro instinto de destrucción sobrepasa toda moderación racional y, desbordando todo límite dictado por una justa sentencia, se desea sólo la inexistencia del prójimo.
El remedio radical o Virtud contra la Ira es la Paciencia o Perseverancia, que es la actitud que lleva al ser humano a poder soportar contratiempos y dificultades para conseguir algún bien y la Mansedumbre, que es una forma de Templanza que evita todo movimiento desordenado de resentimiento por el comportamiento de otro.
De acuerdo con la tradición filosófica, "es la constancia valerosa que se opone al mal, y a pesar de lo que sufra el hombre no se deja dominar por él”.
Compromete al:
Sacramento del Matrimonio.
Cuarto Chakra: Anahata.


5.- La Envidia
La envidia es definida como “Desagrado, pesar, tristeza, que se concibe en el ánimo, del bien ajeno, en cuanto éste bien se mira como perjudicial a nuestros intereses o a nuestra gloria: tristia de bono alteriusin quantum est diminutivum propiae gloriae et excellentiae” De esta manera, para saber si la envidia es una falta moral, es necesario investigar el verdadero motivo que produce la tristeza que se siente frente al bien que posee el prójimo. De esta manera la envidia no es pecado cuando:
Nos entristecemos por el cargo, potestad o bienes materiales alcanzado por quien no los merece y podría hacer mal uso de esa autoridad causando grave daño a sus semejantes.
Sentimos insatisfacción por los bienes que posee quien no los merece y en vista de que nosotros le daríamos mejor fin. Por ejemplo, el que abunda en riquezas haciendo mal uso de ellas: los avaros que no hacen uso de sus bienes ni para beneficio propio ni para el de los demás.
Otras veces, nos entristecemos, no tanto de lo que el otro posee como del hecho de que nosotros carecemos de ese bien, si esta constatación nos muestra el tiempo y las oportunidades perdidas y alienta nuestro propio sentido de superación.
La envidia es falta gravísima, cuando nos incomoda y angustia a tal grado el bien o los bienes materiales del otro, que deseamos verlo privado de aquellos bienes que legítimamente a conseguido y al que, nosotros, por nuestra impotencia, no hemos logrado conseguir. De esta manera, este deseo de ver privado al otro de sus bienes nos puede conducir a procurar, por todos los medios, a efectivamente quitarle esos bienes o de hacer ver, con el uso del chismorreo, que aquel no debería poseer lo que posee. La mentira, la traición, la intriga, el oportunismo, entre otras faltas, se desprenden de esta tristeza frente al bien ajeno y a nuestra propia incapacidad de acceder a tales bienes.
El remedio radical o Virtud contra la Envidia es la Caridad, que es la virtud sobrenatural infusa por la que la persona puede amar a Dios sobre todas las cosas, por él mismo, y amar al prójimo por amor a Dios y el Amor Fraterno, que es el afecto entre hermanos, aunque puede extenderse a otros parientes exceptuados los padres y los descendientes. Nace de un sentimiento profundo de gratitud y reconocimiento a la familia, y se manifiesta por emociones que apuntan a la convivencia, la colaboración y la identificación de cada sujeto dentro de una estructura de parentesco.
Compromete al:
Sacramento de la Confesión.
Quinto Chakra: Vishuddha.


6.- La Avaricia.
La teología cristiana explica el pecado de la avaricia como un amor desordenado de las riquezas, ya que lícito es amar y desear las riquezas con fines honestos en el orden de la justicia y de la caridad, como por ejemplo, si se las desea para cooperar más eficazmente con la gloria de Dios, para socorrer al prójimo etc. El crimen de la avaricia no lo constituyen las riquezas o su posesión, sino el apego inmoderado a ellas; esa  pasión ardiente de adquirir o conservar lo que se posee, que no se detiene ante los medios injustos; esa economía sórdida que guarda los tesoros sin hacer uso de ellos aun para las causas más legítimas; ese afecto desordenado que se tiene a los bienes de la tierra, de donde resulta que todo se refiere a la plata, y no parece que se vive para otra cosa que para adquirirla.
La  avaricia, por consiguiente, es pecado mortal siempre y cuando el avaro ame de tal modo las riquezas y pegue su corazón a ellas que está dispuesto a ofender gravemente a Dios o a violar la justicia y la caridad debida al prójimo, o a sí mismo.
En la avaricia se ven claramente los elementos comunes a todos los pecados. Por un lado, el avaro pierde el verdadero sentido de su acción poniendo el fin en lo que debería ser un medio, en este caso la obtención y la retención de las riquezas. Lo que importa al cristianismo es que el prójimo reciba, en justicia,  la caridad que todos le debemos al menesteroso. La avaricia es directamente contraria a la caridad en cuanto es un “no dar”, más aun en privar a otros de sus bienes para tener más que retener. Por otro lado,  el privar al otro de sus bienes, muchas veces con malas artes, y retener estos bienes en perjuicio del otro, es también negar al otro en su calidad de persona, de fin en sí. Se lo utiliza para satisfacer, mediante la acumulación de riquezas, el principio del amor a sí mismo.
Son “hijos” o faltas menores de la avaricia: el fraude, el dolo, el perjurio, el robo, el hurto, la tacañería, la usura, etc.
El remedio radical o Virtud contra la Avaricia es la Sencillez, que es ser feliz con poco y La Generosidad, que es pensar en compartir y dar de lo tuyo. Siempre habrán otros que tienen más necesidad que tú.
Compromete al:
Sacramento del Sacerdocio.
Sexto Chakra: Ajna.


7.-  La Soberbia (Orgullo).
 Es el principal de los pecados capitales. Es la cabeza de “todos” los restantes pecados. Recordemos que por esta falta, según la teología cristiana, el hombre fue expulsado del jardín del paraíso. Es una ofensa directa contra Dios, en cuanto el pecador cree tener más poder y autoridad que Dios. En general es definida como “amor desordenado de sí mismo”. Según Santo Tomás de Aquino, la soberbia es  “un apetito desordenado de la propia excelencia”. Se considera pecado mortal cuando es perfecta, es decir, cuando se apetece tanto la propia exaltación que se rehúsa obedecer a Dios, a los superiores y a las leyes. Se trata de renunciar a Dios en cuanto es Verdad y sentido conductor de la existencia e instalarse a sí mismo como Verdad suprema e infalible y como fundamento de la acción humana. De la misma manera, y guardando las distancias, se aplica al respeto y a la consideración que los subordinados le deben a las autoridades legítimamente constituidas. De la soberbia se desprenden las siguientes faltas menores:
  • La Vanagloria: es la complacencia que uno siente de sí mismo a causa de las ventajas que uno tiene y se jacta de poseer por sobre los demás. Así mismo, consiste en la elaborada ostentación  de todo lo que pueda conquistarnos el aprecio y la consideración de los demás.
  • La Jactancia: falta de los que se esmeran en alabarse a sí mismos para hacer valer vistosamente su superioridad y sus buenas obras. Sin embargo, no es pecado cuando tiene por fin desacreditar una calumnia o teniendo en miras la educación de los otros.
  • El Fausto: consiste en querer elevarse por sobre los demás en dignidad exagerando, para ello, el lujo en los vestidos y en los bienes personales; llegando más allá de lo que permiten sus posibilidades económicas.
  • La Altanería: Se manifiesta por el modo imperioso con el que se trata al prójimo, hablándole con orgullo, con terquedad, con tono despreciativo y mirándolo con aire desdeñoso.
  • La Ambición: Deseo desordenado de elevarse en honores y dignidades como cargos o título, sólo considerando los beneficios que les son anexos, como la fama y el reconocimiento
  • La Hipocresía: simulación de la virtud y la honradez con el fin de ocultar los vicios propios o aparentar virtudes que no se tienen.
  • La Presunción: consiste en confiar demasiado en sí mismo, en sus propias luces, en persuadirse a uno mismo que es capaz de efectuar mejor que cualquier otro ciertas funciones, ciertos empleos que sobrepasan sus fuerzas o sus capacidades. Esta falta es muy común porque son rarísimos los que no se dejan engañar por su amor propio, los que se esfuerzan en conocerse a sí mismos para formar un recto juicio sobre sus capacidades y aptitudes.
  • La Desobediencia: es la infracción del precepto del superior. Es pecado mortal cuando esta infracción nace del formal desprecio del superior, pues tal desprecio es injurioso al mismo Dios. Pero cuando la violación del precepto no nace del desprecio sino de otra causa y considerando la materia y las circunstancias del caso, puede ser considerada una falta menor.
  • La Pertinacia: consiste en mantenerse adherido al propio juicio, no obstante el conocimiento de la verdad o mayor probabilidad de las observaciones de los que no piensan como el sujeto en cuestión.

El remedio radical o Virtud contra la Soberbia es la Humildad, que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades, obrando de acuerdo con este conocimiento.
Según el cristianismo, “Dios abate a los soberbios y eleva a los humildes” (Luc. 14)
Compromete al:
Sacramento de la Extremaunción.
Séptimo Chakra: Sahasrara.

Egoísmo


El término egoísmo hace referencia al amor excesivo e inmoderado que una persona siente sobre sí misma y que le hace atender desmedidamente su propio interés, satisfaciendo su propio ego. Por lo tanto, el egoísta no se interesa por el interés del prójimo y rige sus actos de acuerdo a su absoluta conveniencia.


El concepto proviene del ego que, de acuerdo a la psicología, es la instancia psíquica mediante la cual un individuo se hace consciente de su propia identidad y se reconoce como yo. El ego es aquello que media entre la realidad del mundo físico, los impulsos del sujeto y sus ideales y que media entre los deseos del ello y los mandatos morales del superyó para que el individuo logre satisfacer sus necesidades dentro de los parámetros sociales, tanto espirituales, corporales, como materiales.


El egoísmo, por lo tanto, es un concepto opuesto al altruismo. La persona altruista sacrifica su propio bienestar por el beneficio de otros; es decir, busca el bien ajeno antes que el propio.


Términos como el egocentrismo, que derivan y hacen referencia a centrarse en el ego (es decir, el yo), es la exagerada exaltación de la propia personalidad. El egocéntrico hace de su personalidad el centro de la atención.
Los psicólogos resaltan que el egocentrismo consiste en creer que las opiniones y los intereses propios son más importantes que los pensamientos de los demás. Lo que el egocéntrico pretende es, según su óptica, lo único que tiene valor.
Por lo general,  todos los niños son egocéntricos ya que sus habilidades mentales no le permiten comprender que el resto de las personas pueden tener criterios y creencias diferentes a las de ellos.  Lo cual demuestra que la exacerbación del ego, transformándolo al egoísmo y, más aun, al egocentrismo, pasaría a ser un comportamiento inmaduro de quien lo tiene.


La persona egoísta está centrado en si misma y vive en un mundo cerrado.
El egoísmo es diferente al amor propio, que es necesario y saludable, porque, inconscientemente, el egoísta no siente amor hacia su persona sino desprecio y quiere todo para él porque, de alguna manera, se siente miserable y vacío.
La diferencia entre el amor propio y el egoísmo es que mientras el primero es el sentimiento de respeto por uno mismo, que no puede ceder su propio espacio; el segundo es la pretensión de utilizar a los otros para su propio beneficio, manipulándolos (si es posible) como objetos.


Buda decía que si la gente no se odiara tanto a si misma, habría menos sufrimiento en el mundo, porque el odio hacia si mismo se proyecta con agresividad y violencia.


El ser humano egoísta tiende a estar solo y aislado, por eso y por lo general, trata de llenar su vida con objetos. Su personalidad tiende a ser depresiva y con rasgos obsesivos, tales como la mezquindad, que es ser despreciable por carecer de sentimientos nobles.


Por favor, no confundir egoísta con avaro, que es una persona poco dispuesta a gastar lo que tiene, sin compartirlo e incluso renunciando a tener comodidades básicas; ni tampoco con la codicia, que es el afán excesivo de riquezas, sin necesidad de querer atesorarlas.  Sino, más bien, con el hecho que la persona no tiene ni el tiempo, ni la necesidad de pensar en el otro, por mucho que diga que le ame o quiera, ya que, como dije anteriormente, es incapaz de amarse a sí mismo, por ende, menos a los demás.  Siempre es de adentro hacia afuera, nunca al revés.


Frases típicas de un egoísta en su diario vivir al justificar su acción, son:
"Es que yo..."
"Es que yo creí que..."
"Nunca pensé que tú..."
"Es que no te escuché..."
"Estaba tan ocupado(a) que no pude o no tuve tiempo de..."
"Se me olvidó..."
"Si no era tan importante...", etc.


Por lo general y en la gran mayoría, las palabras tales como: "Perdón", "Disculpas" y "Lo siento", no están en su vocablo.  Y si lo están, pues le cuesta mucho el decirlas después de una gran discusión.


Es uno de los pilares más fuerte que compone a la soberbia y al orgullo.
Es a lo que, en el ámbito del crecimiento espiritual, vinimos a vencer al llegar a este mundo.
Comprende el tercer y cuarto chakra (Manipura y Anahata), comprometiendo el bazo, hígado y corazón.


Según la psicología, existen distintos tipos de egoísmos: el egoísmo psicológico, teoría que afirma que la conducta humana está impulsada por motivaciones autointeresadas; el egoísmo ético, que considera que las personas ayudan a las demás pero siempre en búsqueda de un beneficio posterior (la ayuda representa un medio para obtener algo provechoso); y el egoísmo racional, que, por otra parte, señala que la búsqueda del propio interés es fruto del uso de la razón.


Revisa el siguiente artículo:  ¿Corazón o Ego en el Amor?


Los invito a ver el siguiente video:



⚜️ Recomendaciones ⚜️